Sobre la vivificación cristiana de las instituciones educativas, Universidad de los Andes, Santiago de Chile (26-VII-2004)
Introducción
Hablaré sobre un tema que conocéis muy bien: la identidad cristiana de la universidad. Lógicamente, el concepto de identidad cristiana es un concepto amplio, con manifestaciones diversas, pero todas ellas tienen una gran importancia, no solo —por así decir— por lo de cristianas, sino muy singularmente en cuanto que referidas a la universidad.
En este sentido, la primera idea que me parece interesante recordaros, aunque ya la conocéis sin duda, es que esta unión entre universidad y cristianismo no es una unión artificial. Basta pensar que las universidades nacieron históricamente desde el cristianismo. Todas, porque en el fondo, el deseo de saber, el deseo de profundizar en el conocimiento del mundo, de las personas, de la realidad, es profundamente cristiano. No es solo cristiano, sino que lo es profundamente; y en su origen conlleva por naturaleza, cuando adquiere un desarrollo más completo, el conocimiento de Dios.
Entonces, efectivamente, la dimensión cristiana tiene una posición privilegiada en el conocimiento humano y, por eso mismo, en el conocimiento universitario.
Identidad cristiana personal
Para entrar en materia, aunque sea brevemente, porque el tema daría mucho de sí, sugiero pensar en la identidad cristiana de la universidad como corporación, como institución; pero a la vez pensar en la identidad cristiana personal de quienes trabajan en la universidad. Pues aquella identidad institucional estará, como recordaremos brevemente, en una serie de medidas organizativas que, si no fuesen informadas por la identidad cristiana de las personas, quedarían como un molde prácticamente inútil y artificial, inoperante, porque en el fondo la primacía de la persona es siempre lo capital.
Eso no significa que en la universidad todos tengan que ser cristianos, pero sí que, para que la institución tenga una inspiración cristiana, hace falta al menos un núcleo de vida cristiana personal que vivifique la estructura cristiana organizativa; un núcleo de vida cristiana sin el cual lo institucional quedaría, en el fondo, bastante muerto.
Es necesaria, pues, una presencia personal cristiana y, a la vez, una apertura cristiana hacia quienes, sin ser cristianos, o siendo cristianos no practicantes, cooperan con su trabajo en la universidad. En este sentido, la universidad cristiana está también abierta a personas no cristianas, en el supuesto de aquella identidad institucional cristiana basada en la realidad personal de los cristianos que la vivifican.
Esta identidad cristiana personal es necesario que se dé en muchas personas, como un núcleo que irradia sentido cristiano de la vida, y tiene una multitud de aspectos. Puede ser vista como la vida cristiana de cada persona, que lleva a la identificación con Jesucristo. Es algo impresionante identificarnos con Jesucristo; tiene una riqueza enorme, porque es la plenitud humana misma: Cristo, perfecto Dios, es el perfecto hombre.
Por lo que se refiere a una universidad, podríamos fijarnos en algunas dimensiones de esa plenitud humana que implica el cristianismo. Propio de Cristo como perfecto hombre es, muy especialmente, la entrega a los demás. Es decir, la dimensión cristiana personal lleva consigo, en la universidad como en cualquier otro lugar, la auténtica dedicación a los demás, el servicio a los demás.
El servicio y la preocupación por los demás tienen también una dimensión que se proyecta en lo institucional, y que forma parte, llamémoslo así, del espíritu de la institución. Es decir, forma parte del ambiente, del espíritu con el que se desarrollan las actividades: un espíritu cristiano precisamente por la dimensión de entrega a los demás, de servicio, de preocupación, de lucha contra el individualismo.
La universidad es esa universitas studiorum según la noción clásica. El cardenal Ratzinger explicaba que el concepto de universidad es lo más opuesto a la simple adición o suma de carreras o de institutos, porque tiene que haber una verdadera unidad, la que procede de la preocupación de unos por otros. No es universitario encerrarse personalmente en lo propio; y tampoco lo es para cada instituto o cada facultad, porque cabe siempre a niveles diversos una colaboración, un sentirse parte de esa unidad que da el espíritu universitario, un interés positivo de colaborar, un estar abiertos a otros.
A veces es fácil pensar que lo propio tiene poco que ver con los demás, porque es muy especializado. Uno puede decir: «¿Qué tengo yo que ver con tal cosa de la ingeniería o de la filosofía?» En realidad, siempre tiene mucho que ver, sobre todo en el orden de las personas: ellas tienen mucho que ver entre sí.
Identidad cristiana institucional
Veremos algunos aspectos concretos de la identidad cristiana de tipo institucional, referida al conjunto. Uno de esos aspectos es el esfuerzo por la excelencia profesional, que sin duda depende de cada persona, pero es también una característica de la institución como tal. Es decir, el esfuerzo por la excelencia profesional depende de la capacitación de cada persona, de cada profesor, pero también de cada empleado en tareas no académicas, en lo que le corresponda.
Excelencia profesional
¿Qué tiene que ver la excelencia profesional con el cristianismo? Ya lo he mencionado antes en un contexto más general: Cristo es perfecto hombre y perfecto Dios, y por eso la dimensión cristiana exige la excelencia profesional, que no es simplemente una cuestión humana de excelencia, de virtud humana, de calidad humana; es también una realidad cristiana. Tantas veces san Josemaría predicó el llamado a la santificación del trabajo, que implica como base necesaria el amor al trabajo bien hecho. Porque lo sobrenatural —lo cristiano— y lo humano no son dos ámbitos separados. Lo cristiano es lo humano elevado al orden divino, al orden sobrenatural.
Por tanto, una exigencia de la identidad cristiana es la perfección humana del trabajo bien hecho. No habría identidad cristiana sin un esfuerzo positivo por alcanzar la excelencia profesional.
Primacía de la persona
Otro aspecto quizá menos evidente de la dimensión universitaria es la primacía de la persona. En una universidad puede parecer que la primacía corresponde al conjunto, a la seguridad de que todo funcione. Pero no: la primacía corresponde a la persona. Siempre a la persona.
Quizás recordéis aquella sentencia clásica, que puede entenderse bien y puede entenderse mal, según la cual en la humanidad el individuo tiene prioridad sobre la especie, sobre el conjunto. Vale más la persona que la humanidad entera. Parece una afirmación absurda, pero tiene un sentido verdadero. Porque lo que vale realmente es cada persona, y la totalidad vale porque se compone de personas, una a una. Cada persona sumada es el gran valor de la humanidad. Y esto tiene consecuencias prácticas universales; por ejemplo, que no se puede matar a un inocente para salvar al conjunto. Habrá quien diga: «Si puedo salvar la vida de mil matando a uno, compensa». Pero no, no podemos matar a uno para salvar a muchos.
Esto, ¿qué aplicación puede tener en el mundo universitario? La misma que en todos los ámbitos humanos: hay que cuidar a cada una de las personas. Los profesores tienen que estar pendientes, en la medida de lo posible, del valor que tiene cada alumno. Hay que preocuparse de cada persona. Y esto en todos los niveles de la actividad universitaria. Lo que más vale es cada persona, única e irrepetible, y cuidar a cada persona es como de verdad se cuida el conjunto. Así se edifica más plenamente la comunidad universitaria.
La presencia institucional de la Iglesia
La identidad cristiana de la universidad supone también la presencia —llamémosla de algún modo— institucional de la Iglesia. Es decir, tiene que haber de algún modo una presencia sacerdotal, con capellanes que atiendan a quienes libremente lo deseen. Es algo que se ofrece, no se impone. También es interesante, en la medida de lo posible, y en alguna medida siempre lo es, que la capellanía no sea un mundo aparte. Puede ocurrir que por un lado esté la universidad con sus cátedras, y en un rinconcito un par de sacerdotes para que llegue el que quiera. Si no hay más remedio se hará así, pero en la medida de lo posible es conveniente que la capellanía también tenga una función universitaria propiamente dicha. Es decir, que haya clases de doctrina cristiana, de teología, de antropología cristiana, y que la capellanía tenga no solo una tarea de atención pastoral, sino que pueda ofrecer una dimensión académica de la fe cristiana, con clases de un tipo u otro.
Armonía entre fe y razón
Otro aspecto de la identidad cristiana institucional es lo que podríamos llamar la armonía entre fe y razón en todas las enseñanzas.
Esa armonía es un concepto muy amplio. Por ejemplo, desde las matemáticas puede alguien decir: «¿Qué tiene que ver con mi materia la armonía entre la fe y la razón?» Pues también tiene que ver, porque la fe lo ilumina todo. La fe es una luz que alumbra todo nuestro obrar. Esa persona puede decir: «La fe no me dice cómo resolver los problemas matemáticos». Y es cierto, pero la fe también influye en la actitud con que se afrontan las matemáticas. Y las matemáticas, como cualquier otra materia, son también una manifestación de la Inteligencia divina.
Todo lo que es racional en el mundo procede de la mente de Dios. No se trata de que un profesor, cada vez que explica un teorema, se tenga que remontar a lo alto y subrayar su relación con la mente de Dios creador. Pero de algún modo, si el pensar matemático se tiene muy incorporado a la inteligencia creyente, de un modo natural y espontáneo surgirá la conciencia de que Dios está en toda la creación, y es Él quien sustenta la realidad misma. Allí entra en juego la capacidad que todos tenemos de presentar las cosas de un modo u otro. Habrá personas con más imaginación, que sean capaces de dar luz a una materia de un modo más asequible. El hecho de que la presencia de Dios ilumina todas las ciencias es una realidad no siempre fácil de hacer presente, pero sí puede estarlo como un interés, como una ilusión, y se puede decir que al menos gustaría poder explicarlo. Hay materias que se prestan mucho, hay otras en las que es más difícil este alcance trascendental.
A propósito, ahora recuerdo a un profesor prestigioso, de matemáticas justamente, que transmitía una visión atea del mundo mediante las matemáticas. Eso significa que también, en sentido contrario, se puede transmitir una visión cristiana del mundo, incluso con las matemáticas. ¿Cómo? Que el matemático se lo piense. En fin, la dimensión cristiana puede estar mucho más presente de lo que nos imaginamos, tal como están, por desgracia, y más presentes de lo que pensamos, otras dimensiones, como las del marxismo o el positivismo. Ignoro si en este país, pero en muchos sitios sí que lo están, en muchos órdenes del conocimiento. También el cristianismo puede y debe hacerse presente, sin forzar en absoluto las cosas, porque la realidad de todo lo creado está sostenida por el poder de Dios. Siempre es posible proponer una visión cristiana en todos los niveles del saber.
Ciertamente, hay aspectos académicos complejos, como los de tipo biológico, sobre todo cuando está de por medio la dignidad de la persona humana. Allí la visión de fe tiene mucho que decir. Hay temas límite en los que se debe tener prudencia, y si es el caso pedir consejo, sobre todo en las cuestiones médicas y biomédicas, en la ética médica y en otras del estilo.
La libertad
Otra realidad capital en la vida universitaria es lalibertad. Propio del espíritu cristiano es el amor a la libertad. San Josemaría, lo recordáis muchos, nos decía que era parte de la herencia que en lo humano quería dejar a sus hijos en la Obra: el amor a la libertad.
El amor a la libertad en la universidad es de gran trascendencia, justamente porque es una virtud esencialmente cristiana. En este sentido, hay que respetar todo lo que es opinable, no solo como si fuera algo donde no hay más remedio que ceder, sino como una riqueza positiva, para no imponer nunca como verdad o como necesidad aquello que no lo es.
Ciertamente hay muchas cosas opinables que uno puede defender con calor, porque está convencido, como en materias científicas, sociales, culturales. Los profesores explican desde su ciencia ideas opinables, y pueden defenderlas con pasión, pero respetando siempre el límite de lo que no es evidente ni absolutamente necesario, es decir, respetando la libertad de pensar y expresar opciones contrarias. En ocasiones puede parecer que no es fácil, pero si uno respeta la libertad de los alumnos, le es fácil exponer con vigor cosas opinables de las que uno está convencido: con vigor, pero exponiéndolas como opinables.
Debe respetarse también la libertad de vivir y moverse en el interior de la universidad, es decir, de promover en ella todo un ambiente de libertad. Lógicamente, se hará así a la luz de un ideario que alumnos y profesores, aun los que no sean cristianos, han de respetar: unas ideas madre, unos principios, escritos o no, que constituyen la identidad esencial de la institución.
En toda sociedad humana hay un mínimo de normas que deben acatarse. Es importante también enseñar que la libertad no está reñida con las normas ni con las obligaciones. Todos tenemos obligaciones, queramos o no. Por ejemplo, tenemos obligación de respetar las leyes del tráfico: ante un semáforo rojo hay que detenerse. La vida entera está llena de normas, y la universidad no es una excepción. Son normas de convivencia, de buen funcionamiento, de buena educación, etc., tanto para los profesores como para los alumnos, tanto para los directores como para los administrativos, porque lo contrario sería caótico.
Pero lo importante es que se viva en libertad. Y no solo en aquello a lo que no se está obligado, sino también para vivir libremente lo obligatorio. Esta es la clave para ser libres: enseñar a vivir libremente lo obligatorio. ¿Y es posible eso? Es posible y, en el fondo, es necesario para la plenitud humana, porque, si no, estaríamos siempre sintiéndonos coartados por las normas y leyes de toda especie.
Tanto por parte de los profesores como de los alumnos, en todo lo que es obligatorio en la universidad para su buena marcha, es necesario que se viva en libertad.
¿Y cómo es posible vivir en libertad lo que es obligatorio? Es muy fácil de decir, pero en la vida real hay que esforzarse para que sea vida. Se puede vivir en libertad lo obligatorio si se hace con amor, porque es el amor la fuerza de la libertad. Hasta tal punto que, de alguna manera, se identifica el amor con la libertad. Y ¿podemos amar lo obligatorio? Podemos amarlo. Es evidente que se puede amar lo obligatorio, y se puede amar cuando se ve el bien que eso lleva consigo. Porque lo que se ama es el bien. Y cuando descubrimos el bien del semáforo rojo, un bien que es digno de amor, nos detenemos libremente. Y así con todo. Hay que ver el bien de la norma para amar la norma; y amando la norma, somos libres. Esto hay que enseñarlo, transmitirlo, vivirlo: transmitirlo, en primer lugar, a los profesores, y también a los alumnos. Enseñar que somos libres también cuando obedecemos.
La libertad es un bien típicamente cristiano. Lo reconoció incluso Hegel cuando decía que la libertad es cristiana desde su origen. Porque es el cristianismo el que ha traído al mundo la verdadera libertad. Antes del cristianismo no había propiamente una verdadera libertad. Bueno, en este juicio hay también algo que es opinable.
Autoridad como servicio
Otro aspecto importante, y típicamente cristiano, es el sentido de la autoridad como servicio. La verdadera autoridad en todos los niveles, cuando es bien vivida, se ejerce como un auténtico servicio. Y este hecho tiene una dimensión interesante, y es que los cargos universitarios (de rectores, decanos, directores de departamento, etc.), además de tener un periodo limitado, son un servicio y se ejercen como servicio. Y por esta razón se dejan con la misma disponibilidad con que se han tomado.
Si a alguien le gustara ser decano para siempre, no sería apropiado, porque ese servicio quita tiempo a lo propio de uno, que es la investigación y la docencia. Hay que dedicar tiempo a ser rector, a ser decano, a ser director de departamento, porque no hay más remedio. Se hace con gusto, pero lo que uno más desearía es su propia investigación, la enseñanza, las publicaciones, lo académico en suma. No hay más remedio que haya un rector, no hay más remedio que haya decanos, pero se trata de puros servicios, y hay que entenderlos así. Gracias a Dios, así se vive, y por eso los recambios se viven con toda naturalidad. Se dice: «Qué bien, gracias a Dios dejo de ser decano, porque ahora me puedo dedicar más a lo que más me interesa». Pero antes se ha puesto todo el corazón y todo el trabajo en ser rector, ser decano o ser lo que haya hecho falta.
La colegialidad
La colegialidad en el gobierno de la universidad es otro aspecto relevante. ¿Qué tiene esto que ver con la identidad cristiana? Tiene mucho que ver, porque la colegialidad en el gobierno de la universidad, que en la práctica se puede dar de modos muy distintos, con un sistema u otro, es lo que salva de una tiranía. Quien manda, ya sea a nivel global en la universidad, en un departamento o en un instituto, no puede ser un tirano que toma las decisiones por cuenta propia y exclusiva.
San Josemaría, refiriéndose a la Obra en general, pero luego aplicable a todas las labores en que la Obra procura un empuje espiritual, decía: «Yo al tirano lo he matado como traidor por la espalda; no admito a los tiranos ni a los dictadores». No los hay en la Obra, tampoco los hay en esta universidad, desde luego, gracias a Dios. Hay que agradecer que la autoridad no sea nunca tiránica, porque no lo es. Y habrá modos distintos de vivir la colegialidad, es decir, de contar con la opinión de otros: que nunca sea uno solo quien pone la mente y decide. Aunque luego, por cuestión de funcionamiento, uno al final tenga que decidir personalmente, siempre debe haber un consenso, siempre hay que escuchar a los demás. Saber escuchar. La escucha no es solo el hecho físico de oír; hay que oír de veras lo que otros piensan. Y no solo oír: hay que escuchar, atender, estar dispuestos a aprender de lo que nos dicen los demás.
La justicia
Otro aspecto importantísimo: la justicia. La identidad cristiana exige también, como parte de la plenitud humana, la virtud de la justicia, que a su vez viene elevada por la caridad. La justicia se manifiesta en el trato con las personas, en el interés por las personas, y en la lucha contra el egoísmo personal. Y ha de tener también unas dimensiones institucionales. Algo que podría parecer secundario y no lo es: los sueldos, lo que se paga a la gente. Tiene que haber justicia: los sueldos tienen que ser proporcionados al trabajo que se realiza. A veces no tenemos suficientes medios, y hay que recortar los gastos, sí; pero los gastos se recortan en todos los niveles, cuando es necesario. Siempre hay que buscar que haya en esta materia una verdadera justicia distributiva.
Pero no basta la justicia, aunque sea necesaria; también debe haber caridad. Puede haber ocasiones en que la justicia sea dolorosa: por ejemplo, cuando haya que despedir a alguien o decirle que no se le renueva el contrato. Como en toda institución humana, estas cosas pueden suceder. Entonces hay que practicar la justicia y la caridad, las dos cosas.
Hay que atender a las personas a quienes haya que despedir, cuando no haya más remedio que darles un disgusto. Hay que hacerlo, en la medida de lo posible, con la mayor delicadeza, por espíritu cristiano, por la identidad cristiana de la universidad. No se puede tratar mal a nadie si queremos ser cristianos, aunque en ocasiones haya que tomar decisiones dolorosas. Siempre se pueden tomar decisiones dolorosas cuidando el cariño, la caridad que es cariño: eso es también la primacía de la persona, de la que hablamos antes en otro contexto.
La dimensión pública de la identidad cristiana
Para terminar, la identidad cristiana debe tener una dimensión pública, no confesional en este caso concreto, pero sí pública: lo personal y lo institucional de un ente tan público como una universidad, en cuanto a su identidad cristiana, tendrá unas manifestaciones públicas. Esto ha de notarse, por ejemplo, en la promoción y en los folletos que se distribuyan. De algún modo tiene que percibirse en las publicaciones y actividades públicas que se realicen en la universidad. Si hay un congreso, pongamos nuevamente el ejemplo de las matemáticas: no es que necesariamente deba darse una exposición explícita del cristianismo, pero de un modo u otro, en muchas otras actividades, aflorará espontáneamente el hecho de que hay una realidad cristiana en el fondo y en la forma.
Sobre cada uno de estos puntos, como es fácil de ver, se podría hablar mucho, pero se trata de cosas que por una parte conocéis, y por otra, gracias a Dios, practicáis. Pero es bueno tener siempre en la mente que somos cristianos. Y a quienes en la universidad no lo sean, se les exige un mínimo de respeto y, sobre todo, se les trata con respeto a ellos, a su modo de ser y a su modo de pensar.
Romana, n. 79, julio-diciembre 2024, p. 224-231.