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Con ocasión de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma (8-XII-2024)

La solemnidad de hoy, la Inmaculada, comienza con unas palabras de gran alegría que hacemos ahora nuestras en esta oración, queriendo que sean verdaderamente auténticas: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10). Estas palabras del Antiguo Testamento, aplicadas proféticamente a la Virgen Santísima, nos ayudan a nosotros también a unirnos al gozo de nuestra Madre. Y queremos, Señor, que esta alegría no sea algo superficial, un simple recuerdo de algo ya conocido, sino que realmente tenga un influjo grande en nuestro día, que nos alegre profundamente.

En la primera lectura de la Misa, del libro del Génesis, se nos recuerda la promesa de la redención que Adán y Eva recibieron después de su caída. Esa promesa de redención se refiere lógicamente a Cristo, pero también, con él y en él, a Santa María: «Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia», dice el Señor a la serpiente. «Te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3,15). Se anuncia también una lucha, porque el demonio no se conformará, se irá atacando, herirá en el talón, pero su cabeza será aplastada. Hoy, Señor, queremos especialmente sentirnos en nuestra oración muy hijos de la Virgen Santísima, esa nueva Eva, Madre de los vivientes y Madre nuestra: muy hijos de tu Madre, muy hermanos tuyos, por tanto. Tantas veces, todos los días, de un modo u otro, la contemplamos, le rezamos, nos dirigimos a ella; y hoy querríamos hacerlo con una fe especial, con una mayor fe en el Señor que nos la da por Madre continuamente, como omnipotencia suplicante, como medio seguro de poner a nuestro alcance la fuerza de Dios con el tono materno de María, con su cariño de Madre.

El Evangelio de la Misa de hoy lo conocemos de memoria, pero el Evangelio es siempre palabra de Dios, palabra eficaz, penetrante, y queremos dejarnos penetrar una vez más por él. «En aquel tiempo el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”» (Lc 1,26-28). Todos los días rezamos estas palabras tantas veces: «Ave, gratia plena». El ángel al principio no le llama María, le da como nombre propio su condición de llena de gracia: la llama así, llena de gracia, que como explican los expertos viene a ser algo así como completamente transformada por la gracia.

«Fiat mihi secundum verbum tuum» (Lc 1,36). La Virgen responde con estas palabras, que pronunciamos todos los días, a la propuesta del ángel. Hoy querríamos repetirlas, Madre nuestra, con el convencimiento de que todo lo que Dios quiere para nosotros es para nuestro bien, aunque a veces no lo entendamos. Que tengamos la alegría y la seguridad de estar siempre en manos de Dios, protegidos por él, guiados por su providencia. No hay nada en nuestra vida que sea puro azar: detrás siempre está la voluntad del Señor, que quiere lo mejor para nosotros.

«¡Oh Madre, Madre! —comentaba nuestro Padre—: con esa palabra tuya —“fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!» (Camino, n. 512). Diciendo ese «hágase» en lo de cada día, tanto en lo grande como en lo pequeño, nos hacemos cada vez más hermanos de Dios, herederos de su gloria, con una gracia que nos llega precisamente a través de la mediación materna de María.

En la segunda lectura, san Pablo escribe: «Bendito sea el Dios, Padre de nuestro señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha» (Ef 1,3). Hemos sido elegidos para ser también inmaculados. Ciertamente, hemos sido concebidos con el pecado original, pero por el bautismo hemos vuelto a nacer sin mancha, inmaculados. Después, nuestra fragilidad hace que nos vayamos manchando más o menos, pero siempre tenemos el remedio de volver a ser inmaculados por su gracia, por la fuerza de los sacramentos, por la confesión, por la eucaristía, por la oración por la que el Señor nos acoge siempre. Este es un motivo de esperanza grande en la vida espiritual y en el trabajo apostólico. Por mucho que notemos las dificultades externas o internas, personales o de ambiente, podemos sentirnos inmaculados, a pesar de nuestras manchas, porque Dios nos limpia constantemente cada vez que acudimos a él.

El Señor nos ha escogido antes de la creación del mundo. Nuestra vocación, el plan de Dios para nosotros, es tan eterno como el mismo Dios: él ya pensó en cada uno de nosotros para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia. Y como recuerda san Pablo, nos eligió en Cristo. Estas palabras son también importantes, porque toda nuestra vida es un vivir en Cristo: tiene que ser, queremos que sea un vivir en Cristo. Tantas veces nuestro Padre nos decía que tenemos que ir buscando siempre la unión con el Señor para estar firmes: ante las dificultades, ante el trabajo, ante nuestros propios defectos. Para estar firmes, para no desalentarnos, para sentir la seguridad en la llamada que hemos recibido de Dios, busquemos la unión con Jesucristo. Y es María precisamente la que nos guía hacia él, la que nos ayuda en todo momento a identificarnos con él, de manera que podamos ser el ipse Christus que predicaba nuestro Padre.

La idea del alter Christus es más o menos comprensible, más o menos común, pero ese ipse Christus, enormemente original pero enormemente profundo, ciertamente es mucho más: no solo identificarnos como imitando, que también, sino vivir en él, ser él de alguna manera, sin dejar de ser nosotros mismos. Es el gran misterio de nuestra filiación divina, de nuestra participación en la vida de Dios, que Cristo nos ha dado en el Espíritu Santo, para que seamos santos y sin mancha, inmaculados, en su presencia. Hoy especialmente, al escuchar de nuevo esta palabra, «inmaculados», se nos va la mirada a la Santísima Virgen, para que ella nos ayude, para que nos parezcamos a ella también en esto, en ser inmaculados.

Realmente hay que tener audacia para pretender ser inmaculados, pero podemos serlo cada vez que nos levantamos, cada vez que nos limpiamos. Por eso debemos tanto agradecimiento al Señor por la penitencia, por la confesión, por su amor y su misericordia, que nos perdona, que nos levanta de ese modo visible, en el sacramento, y siempre que nos levantamos nosotros con el alma a pedirle perdón.

Santos, inmaculados…, en su presencia: la presencia de Dios es otro grandísimo tema de nuestra vida, algo que tiene que caracterizar nuestro caminar por este mundo. Vivir en la presencia de Dios: eso es tener vida sobrenatural. Nos viene a la memoria enseguida ese otro punto de Camino: «Ten presencia de Dios y tendrás vida sobrenatural» (Camino, n. 278). La presencia de Dios y la vida sobrenatural son dos cosas muy unidas, porque no es una presencia de Dios cualquiera, es un acto de fe profundo en que «Deus nobiscum», y entonces: «quis contra nos?» (Rm 8, 31). ¿Y quién mejor, quién con más profundidad y más verdad que la Virgen puede decir «Deus nobiscum»? Pues vamos a pedirle a ella ahora: Madre nuestra Inmaculada, ayúdanos a tener fe en la presencia del Señor en cada uno de nosotros. Que esta realidad nos llene de serenidad y alegría, pues él nos da la gracia para desechar el miedo y la tristeza.

Nos eligió en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha, en su presencia…, por el amor. El amor: sabemos bien que la santidad es la plenitud de la caridad, que es también la plenitud de la fuerza del Espíritu Santo en nuestras almas; y es de ahí de donde tiene que salir siempre la fuerza para el trabajo, para la obra apostólica, para toda nuestra vida. Muy especialmente, la santidad como plenitud de la caridad nos tiene que llevar a la unidad. Como decían unas conocidas palabras de san Cipriano, tan antiguas ya: «La caridad es el lazo que une a los hermanos, el cimiento de la paz, la trabazón que da firmeza a la unidad; la que es superior a la esperanza y a la fe, la que sobrepuja a la limosna y al martirio; la que quedará con nosotros para siempre en el cielo» (San Cipriano, De bono patientiæ, n. 15: PL 4, 631 C).

El lazo que une a los hermanos: y ese amor, esa caridad, es inseparable del amor a Dios, de alguna manera es lo mismo, aunque en direcciones distintas, es la misma virtud. El lazo que une a los hermanos: las madres gozan cuando ven a los hermanos, a sus hijos, unidos, que se quieren, que se ayudan, que van a la par. Podemos pensar que la Virgen se alegra cuando nos ve unidos, cuando ve que nos queremos. Y a la vez, ella nos consigue esa realidad de que estemos unidos, de que vivamos la fraternidad, esa fraternidad que quiere siempre, por su misma naturaleza, un desbordarse en afán apostólico.

Que la Virgen Santísima, Madre, nos dé, se lo pedimos así, el tono de familia, que ella nos proteja también en este sentido de que la Obra sea, como quería nuestro Padre, una pequeña familia, aunque esté extendida por todo el mundo. Recordáis que nuestro Padre decía eso, que aunque estemos extendidos por todo el mundo podemos ser una pequeña familia, precisamente por el amor, por el cariño, por la unidad. Y esto nos lo da el Señor por la Virgen, por la Madre, pues la Madre es la que da la unidad.

La ausencia total de pecado en María la llevó al deseo de servir. Lo primero que se le ocurre después del fiat, cuando el mismo Dios encarnado está en sus entrañas, es ir a visitar a Isabel. El ángel le ha dicho que está esperando un niño. Y como la Virgen sabe que es anciana, entiende que necesitará ayuda. Ayúdanos, Madre nuestra, a tener esa actitud que lleva a descubrir las necesidades de los demás, manifestación inmediata de tu ser Inmaculada.

Romana, n. 79, julio-diciembre 2024, p. 214-217.

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