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Tiempo de esperanza

El cierre de este número de Romana coincide con la apertura de la puerta santa de la basílica de San Pedro, que marca el inicio del jubileo ordinario del año 2025. Con la bulaSpes non confundit, el Papa Francisco sitúa la esperanza en el corazón del jubileo, un momento de conversión que se hace tiempo de esperanza.

En medio de las penas y alegrías de cada uno de nosotros, de los aciertos y errores, de las guerras y las paces, de los encuentros y desencuentros de este mundo, la esperanza que proviene de Dios refuerza la convicción de que nada ni nadie podrá alejarnos del amor divino. Y de que la felicidad verdadera no es un fruto personal sino fundamentalmente obra del Espíritu Santo, que nos guía por el camino que va del temor a la confianza, del desaliento al ánimo, del escepticismo a un optimismo realista, de la incertidumbre a la certeza de ese Dios cercano que nos acompaña en el peregrinar terreno.

En nuestro caminar terreno la esperanza es «compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús» (Spes non confundit, 5). El jubileo nos permitirá acercarnos a esos «oasis de espiritualidad en los cuales revitalizar el camino de la fe y beber de los manantiales de la esperanza, sobre todo acercándose al sacramento de la Reconciliación, punto de partida insustituible para un verdadero camino de conversión» (ibid.).

En este tiempo queremos unir nuestra acción y nuestra súplica a la de todos los cristianos, e implorar al Señor los signos de esperanza que el Santo Padre menciona en la bula de convocación: el signo de la paz para el mundo; el signo de la apertura a la vida, de la maternidad y la paternidad; el signo de una «alianza social para la esperanza» (ibid., n. 9), que sea inclusiva y no ideológica; el signo de ciertas formas de condonación y perdón «orientadas a ayudar a las personas para que recuperen la confianza en sí mismas y en la sociedad» (ibid., n. 10) en la observancia de las leyes; el signo de la cercanía a las personas enfermas y ancianas, para que reciban la atención y el afecto que requieran; el signo de una atención renovada hacia los jóvenes, los estudiantes, los novios, las nuevas generaciones; el signo de la dedicación a los migrantes, a los pobres y a todos los que más lo necesiten. Con la mirada en el Cielo, porque, como nos recuerda san Josemaría, «después de la muerte, os recibirá el Amor» (Amigos de Dios, 221).

Iniciamos este tiempo jubilar con la elocuente invitación del Papa: «Dejémonos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que a través de nosotros sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida pueda decirles: “Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor” (Sal 27,14). Que la fuerza de esa esperanza pueda colmar nuestro presente en la espera confiada de la venida de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la alabanza y la gloria ahora y por los siglos futuros» (Spes non confundit, 25).

Romana, n. 79, julio-diciembre 2024, p. 175-176.

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