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Entrevista al diario El 9 Nou (Vic, España), 24-IX-2024

—¿Qué destacaría de sus años de formación en Cataluña?

—En los años sesenta tuve una visión más amplia de una España de otro tipo, que era Cataluña. Fueron años muy importantes de formación. Me acuerdo muy bien de las clases en el edificio central de la Universidad de Barcelona y, concretamente, del famoso profesor Teixidó, que tenía un gran prestigio, pero era un hueso, como entonces se decía. Enseñaba unes matemáticas muy modernas pero difíciles de entender.

—¿Cómo tomó contacto con Vic?

—Todo empezó en el Colegio Mayor Monterols, donde conocí a mucha gente de distintos lugares de Cataluña y de España. Entonces era un centro de formación solo para jóvenes del Opus Dei. Ahora está abierto a todo tipo de estudiantes. Desde Monterols tuve la oportunidad de ir varias veces a Vic para atender la labor apostólica que se empezaba a desarrollar allí. Fue entre los años 1964 y 1967. Me di cuenta de la importancia que tenía Vic dentro de Cataluña y llegué a entender sin problemas el catalán. Después vinieron las milicias en el campamento de Talarn: dos veranos de tres meses y unas prácticas de alférez de cuatro meses también allí, en el campamento.

—San Josemaría dijo en Roma en 1971: «Barcelona dará muchos frutos porque se ha sufrido mucho», en alusión a los convulsos años 40 marcados por la incomprensión hacia la Obra. ¿Puede convertirse Montse Grases, la joven barcelonesa de la Obra que murió de cáncer a los 17 años, en la primera santa canonizada del Opus Dei?

—Montse Grases fue proclamada venerable en 2016. De cara a la beatificación, es preciso demostrar el carácter extraordinario de un favor obtenido por su intercesión. A la postulación y la web de la Obra llegan numerosos relatos de favores que tienen que ver con la vida cotidiana o la elección de vida. Su devoción está más extendida entre gente joven: recuerdo que en 2022, en el 80 aniversario de su nacimiento, un grupo de jóvenes llevó 80 rosas blancas junto a su tumba, en la cripta del oratorio de Santa María de Bonaigua (en Barcelona), para agradecerle los favores recibidos por su intercesión. Se están estudiando algunos casos interesantes, pero aún estamos en las primeras fases de recopilación de documentación.

Sea o no la primera santa canonizada, es sin duda una buena intercesora para los apostolados de toda la Iglesia con la juventud, en la querida ciudad de Barcelona, en esta comarca de Osona en la que veraneaba, en Cataluña y en todo el mundo.

—¿Cómo prepara el Opus Dei la proximidad del centenario de su nacimiento?

—En los años que quedan hasta el centenario queremos interrogarnos sobre las necesidades y los retos de la Iglesia y del mundo. Deseamos también profundizar en la propia identidad con una mirada al futuro y estudiar cómo podría la Obra contribuir desde su carisma de la santificación de la vida ordinaria. Por tanto, en este tiempo miraremos hacia el conjunto (la Iglesia y el mundo) y hacia dentro (la Obra), con la esperanza de que las miradas confluyan en un momento de gracia.

Cuando pienso en el centenario del Opus Dei, me viene a la cabeza una oración que el beato Álvaro dirigía personalmente a Dios: «gracias, perdón, ayúdame más». De alguna manera, es un tiempo para vivir esta aspiración también desde la perspectiva del conjunto.

—¿Luces y sombras, según su parecer, en esos casi cien años de historia?

—El Opus Dei ha sido y es un don del Espíritu Santo para la Iglesia, como recuerda el Papa Francisco en Ad charisma tuendum. Veo la Obra como una luz que inspira a muchas personas a tener un encuentro con Jesucristo a través de las tareas comunes de la vida cotidiana: el trabajo, la familia, las relaciones sociales. Diría que estas son las luces principales, cuyo protagonista es Dios que interviene en la historia.

Entre esas luces, querría recordar a tantas personas de la Obra que han pasado por esta tierra tratando de hacer el bien, con sus virtudes y sus defectos. En la actualidad, fallecen anualmente unas mil personas del Opus Dei. En la mayoría de los casos, son gente sencilla, normal, anónima, que ha procurado sembrar paz y alegría a su alrededor, en contextos a veces difíciles.

Otras veces, son personas que han sido públicamente puestas como ejemplo para los fieles, como Guadalupe Ortiz de Landázuri, el primer fiel laico del Opus Dei que ha sido beatificado, profesional de la química que desarrolló un amplio apostolado de amistad en España, en México y en Italia. O, más recientemente, el pediatra guatemalteco Ernesto Cofiño, médico y padre de familia que la Iglesia ha declarado venerable en diciembre de 2023. Entre otras cosas, el Dr. Cofiño se comprometió con los niños desnutridos y las familias pobres de su país, creando numerosos comedores y centros asistenciales y desarrollando una amplia labor de evangelización entre sus familiares, colegas y amigos.

Al mismo tiempo, en la historia del Opus Dei también hay sombras y equivocaciones, porque está formado por seres humanos falibles. Las buenas intenciones no eliminan la posibilidad de error, y eso se debe aceptar con humildad. En particular, duele saber de personas que han estado en contacto con la prelatura y han quedado heridas por alguna falta de caridad o de justicia: situaciones de falta de apoyo emocional, errores en los procesos de incorporación, negligencias en el acompañamiento de personas que dejaron el Opus Dei, etc. Se debe aprender de los errores y seguir mejorando, con la ayuda de Dios.

—¿Qué se mantiene y qué ha cambiado en la Obra durante todo ese tiempo?

—No ha cambiado el núcleo inmutable, el mensaje significativo sobre la santidad en medio del mundo. Al mismo tiempo, ya el fundador, san Josemaría, teniendo clara la necesidad de mantener intacto ese espíritu, decía que con el tiempo las formas pueden y deben cambiar. En cien años, la sociedad y la Iglesia han evolucionado mucho, y el Opus Dei también, pues es parte de la Iglesia y de la sociedad. Saber cambiar —modelando cualquier cambio desde lo esencial— es un requisito para poder seguir siendo fieles a una misión.

Por diferentes motivos, han cambiado en estos años el marco jurídico, algunos modos apostólicos y muchas otras cosas quizá poco visibles pero que tienen importancia: por ejemplo, se ha insistido en la separación neta entre gobierno y dirección espiritual, se han adoptado medidas para garantizar mejor y reforzar la plena libertad y voluntariedad en los procesos de incorporación, se han puesto al día modos prácticos en que se manifiesta la exigencia de vivir la virtud de la pobreza en medio del mundo, etc.

—¿Cuáles han sido los hitos más importantes del desarrollo institucional del Opus Dei y adónde se encamina en el siglo XXI?

—Diría que los hitos más importantes son los menos visibles: la gracia de Dios que actúa en millares de personas, que responden afirmativamente al seguimiento de Jesucristo en medio del mundo. O tantas historias de arrepentimiento, de conversión, que se producen en personas de la Obra y en otras que frecuentan sus apostolados.

En el plano institucional, recordaría la canonización del fundador, el 6 de octubre de 2002. Ante la multitud reunida en Roma, san Juan Pablo II se refirió a Josemaría Escrivá como «el santo de la vida ordinaria». Esta expresión es también una guía para el Opus Dei del futuro, sobre el que usted pregunta: lo fundamental no son las actividades, las estructuras o los números, sino ayudar a muchísimas personas —con la gracia de Dios— a encontrar a Dios en la calle, en la fábrica, en el hospital, etc. o, con palabras de nuestro fundador, a «transformar la prosa diaria en endecasílabo, en verso heroico».

—¿En qué fase se encuentra la causa de canonización del beato Álvaro? ¿Se han documentado nuevos milagros?

—Tras su beatificación en 2014, han llegado a la postulación numerosas narraciones de favores extraordinarios atribuidos a la intercesión del beato Álvaro del Portillo. Uno de ellos se refiere a un grave accidente automovilístico en México, en 2015. Los médicos que siguieron el caso consideraron extraordinaria la recuperación de un traumatismo craneoencefálico severo sin secuelas neurológicas ni psicológicas. A finales del año pasado concluyó la investigación diocesana y la documentación se encuentra ahora en estudio en la Santa Sede. También se están examinando otros casos, entre ellos uno en Alemania. Por otra parte, llegan con frecuencia otros favores más comunes, relacionados con la familia, los amigos, etc. Don Álvaro era una persona verdaderamente cercana y da alegría observar que muchas familias acuden a él pidiendo las ayudas que se solicitan a un buen padre o a un buen hermano.

—¿Cuál es su calendario de viajes en los próximos meses?

—Los viajes más significativos los he hecho este verano en una parte de América del Sur: Chile, Perú, Ecuador y Colombia. Se trata de ayudar, impulsar y dar ideas a la gente, pero también, a la vez, de aprender de los demás. Tengo muy presente algo que oí a san Josemaría: «Cualquier persona nos puede decir cosas que nos enriquecen muchísimo».

Romana, n. 79, julio-diciembre 2024, p. 239-242.

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