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Omelia pronunciata durante la Santa Messa per la VI Giornata Mariana della Famiglia, celebrata nel Santuario di Torreciudad (Spagna) il 24 settembre 1994.

Queridísimas familias:

Aunque se leerá más tarde el mensaje que ha enviado el Romano Pontífice con motivo de esta Jornada Mariana de la Familia, no quiero dejar de anticiparos que el martes pasado estuve con el Santo Padre. Me dijo que trajera —con su habitual cariño, ¡qué cerca está de vosotros!— su bendición, su afecto, su seguimiento, para todos vosotros, para vuestras familias, para lo que lleváis en vuestros corazones. Agradecédselo mucho, acompañadle.

Muchas veces habréis meditado la humilde actitud de los pastores de Belén, que corrieron presurosos y alegres para descubrir con su propia mirada lo que les había anunciado el Ángel. Y encontraron a María y a José, y al Niño recostado en el pesebre[1].

Los designios de la providencia divina para la salvación del género humano comienzan a cumplirse en el seno de una Familia. En ese hogar de Belén y luego de Nazaret —acabamos de escucharlo en el Evangelio—, el Hijo de Dios hecho Hombre crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él[2].

También nosotros hemos acudido hoy, desde lugares muy distintos, hasta esta casa de la Virgen, que es nuestra casa, porque el hogar de la Madre es siempre el de los hijos. A Ella le pedimos, en esta Jornada de oración y de agradecimiento, que guarde nuestras familias en la gracia de Dios y en la paz verdadera[3], y las convierta en un fiel reflejo de la Sagrada Familia de Nazaret.

1. Uno de los grandes deseos de Mons. Álvaro del Portillo, hijo fidelísimo y primer sucesor del Beato Josemaría, Fundador del Opus Dei, era venir hoy a Torreciudad para participar en esta Jornada Mariana de la Familia. Esperaba este momento lleno de ilusión, porque todo lo que fuera impulsar a las familias cristianas, ayudarles a profundizar en los inmensos valores humanos y sobrenaturales que el Creador ha depositado en ellas, constituía para don Álvaro una fuente de gozo y una parte importante de su misión pastoral. Sin embargo, han sido otros los planes de Dios. El Señor quiso llamarle a su presencia hace seis meses, para otorgarle el premio reservado a sus servidores buenos y fieles[4]. Y aunque no está hoy físicamente entre nosotros, todos le sentimos muy cerca, alentándonos desde el Cielo con su cariño lleno de bondad paternal y haciendo eco con su intercesión a las oraciones que hoy se elevan desde este Santuario.

Impulsados por él, hemos procurado secundar a lo largo de estos meses —con oración, con apostolado personal y con variadísimas iniciativas— las orientaciones de la Iglesia en la defensa y promoción de la institución familiar, en este Año Internacional dedicado a la familia.

Nos mueve el convencimiento de que —como repetidamente ha manifestado el Santo Padre Juan Pablo II— «entre los numerosos caminos de la Iglesia, la familia es el primero y el más importante»[5]. Nos empuja el deseo sincero de afirmar y promover los grandes valores de la institución familiar, que Jesucristo elevó al orden sobrenatural y santificó durante su vida terrena. Tenemos la certeza de que está en juego la felicidad de las almas, la paz de la sociedad, esa civilización del amor, que el Papa ha descrito con trazos bellísimos en su Carta a las familias.

Muchos de vosotros acudiréis quizá a Roma, los próximos días 8 y 9 de octubre, con motivo del Encuentro Mundial del Santo Padre con las familias. Valdría la pena estar presentes allí —estaremos todos—, aunque sólo fuera para mostrar gratitud a Su Santidad Juan Pablo II por su inmenso trabajo en favor de la familia. No ha regateado esfuerzos, humanos y sobrenaturales, ni siquiera cuando el Señor ha permitido que sufriera intensos dolores —físicos y morales—, como materia de un sacrificio diariamente presentado ante Dios.

Como hijos fieles, agradecemos hoy al Romano Pontífice, Padre común de los católicos, su cariño y su desvelo, y pedimos intensamente a la Santísima Virgen por su Persona y por todas sus intenciones.

2. Hermanos e hijos míos, vivimos tiempos de encrucijada, de desafío, en estas vísperas del tercer milenio de la Era Cristiana. Y nuestro comportamiento ha de ser el de nuestros predecesores en la fe, los primeros cristianos, cuando comenzaron la epopeya de extender la fe por el mundo entero.

En los albores de la Iglesia, el Señor se sirvió de los primeros cristianos para dilatar su Reino. Hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos, familias enteras, entregaron sus vidas por la causa del Evangelio, procurando agradar a Dios en su existencia ordinaria y tratando de darle a conocer a muchas otras almas. «Están en la carne —afirma un escritor de aquellos tiempos—, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo»[6].

También hoy la Iglesia necesita hombres, mujeres y familias enteras que estén dispuestos a ser apóstoles comprometidos personalmente, con plena generosidad, en la tarea de difundir la fe en este tercer milenio. Esta misión —¡divina!, muy atractiva— corresponde a todos los bautizados, convocados todos a vivir las virtudes cristianas en plenitud, de acuerdo con su propia vocación.

Dios convoca en concreto a los esposos a santificarse a través de la familia, auténtico camino de santidad. Permitid que os lo repita: el matrimonio es una vocación cristiana, una llamada divina. El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, nuestro queridísimo Padre, no se cansó de pregonarlo: el matrimonio —decía— «es un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios»[7]. Quienes habéis sido convocados por Dios por el camino del matrimonio tenéis que estar santamente orgullosos de esa invitación. Agradeced al Señor vuestra vocación, conscientes de que la Iglesia y el mundo esperan que sea muy fecunda.

En efecto, la obligación de colaborar a la edificación de la Iglesia del tercer milenio no concierne sólo a quienes han sido escogidos para el celibato apostólico por el reino de los cielos, sino también a quienes habéis sido señalados vocacionalmente para el matrimonio, pues —como predicaba ya San Agustín— «también la vida conyugal, digna de alabanza, tiene su lugar propio en el Cuerpo de Cristo»[8].

Como fruto sabroso de la acción apostólica de los cristianos, y especialmente de los padres y madres de familia, nos colma de alegría ver cómo la sociedad humana se conforma con el espíritu de Cristo. Hijos míos, hermanos míos, si sois fieles a vuestro ideal, si procuráis que vuestra familia sea un reflejo fiel del hogar de Nazaret, las consecuencias no se harán esperar: se consolidará la institución matrimonial, fundamento y base de la familia, y nunca se apagará en esa célula vital de la sociedad la llama del amor; se difundirá por todas partes el respeto a la vida humana, que será acogida en millones de hogares con gozo sincero y agradecimiento a Dios; las nuevas generaciones crecerán educadas desde su más tierna infancia con sentido cristiano, e innumerables escuelas, públicas y privadas, reflejarán sin distorsiones la luz de la doctrina cristiana. Todos estos frutos, y muchos más, se derramarán venturosamente sobre este mundo nuestro como resultado lógico de vuestro esfuerzo, sostenido por la gracia, de sazonar con la sal de Cristo a vuestras familias.

3. Hemos sido llamados todos, todos, a la santidad, a imitar la vida de Jesús, unidos a María y a José: a llegar «por la trinidad de la tierra, a la Trinidad del Cielo», como solía decir el Beato Josemaría. Y ser santos implica totalidad, heroicidad, en el ejercicio de las virtudes; sin concesiones al ambiente, sin regateos ni componendas. Supone el propósito de luchar decididamente contra los propios defectos. Exige estar dispuestos a rectificar y a volver a empezar cada día, lejos de rutinas y egoísmos.

El mayor enemigo de la paz y felicidad —dentro y fuera de la familia—, lo sabemos bien, es el egoísmo. Por eso es tan importante también cultivar y difundir la práctica de la castidad —no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada—: porque «es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida»[9]. Así se expresaba nuestro Padre, el Beato Josemaría.

Dejadme que os pregunte a cada una, a cada uno: ¿vives delicadamente —heroicamente— la caridad con tu esposo, con tu esposa, y con tus hijos? ¿Pones cada día esfuerzo en la atención a tu familia, sin refugiarte, consciente o inconscientemente, en tu trabajo? ¿Amas la castidad conyugal, con una actitud siempre abierta a la transmisión de la vida?

Fijaos qué grande es vuestra responsabilidad, como os recuerda el Concilio Vaticano II: «en el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana»[10].

Ser santos en el matrimonio lleva, además, a sentirse responsables del bien de los hijos, de ayudarles —con el ejemplo y la doctrina— a que maduren su personalidad y caminen libremente por los senderos de la vida cristiana.

Evocaré una escena de la vida del Fundador del Opus Dei: el 22 de junio de 1933 presentó a su confesor un plan generosísimo de mortificación y penitencia; era tan exigente que temió que no lo aprobara; por eso, se lo envió con una nota muy breve y rotunda, llena de cariño, como solía hacer: «no dude en aprobar. Mire que Dios me lo pide y, además, es menester que sea santo y padre, maestro y guía de santos»[11].

Vosotros, padres, madres de familia, sois también, debéis ser —respecto de vuestros hijos— maestros y guías de santos. Procuráis abnegadamente su salud humana y espiritual desde el primer momento de su existencia, antes incluso de que nazcan. Les enseñáis a rezar. Fortalecéis su seguridad con vuestro buen ejemplo. Les dirigís continuamente a Dios, mostrándoles las maravillas que la gracia divina obra a través de los Sacramentos. Les preparáis para la Penitencia y la primera Comunión. Acudís con ellos a Misa los domingos y días de fiesta. Fomentáis su espíritu de servicio y su generosidad hacia los pobres o los que sufren. Les orientáis en sus juegos, en sus aficiones, en sus lecturas. Procuráis que adquieran pronto un buen sentido crítico ante los medios de comunicación. Les apoyáis siempre en sus vacilaciones, haciendo recia su personalidad. Respetáis sus legítimas decisiones, y les enseñáis a administrar la libertad de los hijos de Dios.

Si, a pesar de vuestro noble empeño, tal vez alguno pareciera alejarse de Dios al llegar a la madurez de su vida, no perdáis tampoco entonces la esperanza: seguid rezando por ellos, convencidos de que volverán, porque la semilla de la fe que sembrasteis en su corazón, germinará. Hijas mías, hijos míos, hermanas mías, hermanos míos: ¡nada se pierde!, ¡nada se pierde!

En otras muchas ocasiones, el ejemplo de amor hermoso[12] que han saboreado en vuestro hogar, facilita su respuesta decidida cuando Dios les presenta el panorama feliz del celibato apostólico. Entonces, agradecéis —aunque os cueste— sincera y humildemente al Señor esa muestra de predilección con vosotros y con vuestros hijos, especialmente en estos tiempos en los que nuestra Madre la Santa Iglesia está tan necesitada de almas que la sirvan por ese camino.

4. Finalmente, debéis ser fermento para tantas otras familias, y para la sociedad entera. Convenceos: muchas personas no viven bien el cristianismo porque no han tenido a su lado a un amigo o una amiga que fuese para ellos Cristo que pasa.

No os conforméis sólo con dar buen ejemplo, aunque ya es mucho. Hablad también con parientes y amigos, con vecinos y compañeros. Trasmitidles vuestra alegría de hijos de Dios. Animadles a experimentar el inmenso gozo de la felicidad y de la fidelidad. Recomendadles encarecidamente que luchen contra los egoísmos, para que reciban a sus hijos como bendiciones de Dios. Ilusionadles con la tarea de construir una civilización rebosante de amor que respete la dignidad de cada persona, para no utilizar nunca a nadie como si fuera una cosa ni, menos aún, como simple objeto de placer[13].

Sentid el deber de ayudar a quienes sufren por la enfermedad o la falta de cultura, a quienes padecen estrecheces económicas, carecen de trabajo, no disponen de una vivienda digna, o se ven rechazados o marginados de la convivencia social, por tantas sinrazones de los hombres.

No os cerréis en vuestro círculo familiar: abríos, abríos, participad con libertad en grupos y asociaciones que incidan pacífica y eficazmente en la justa solución de tantos problemas colectivos. Rechazad las excusas —perdonad que insista— a la hora de complicaros la vida, para dar razón de vuestra esperanza en las asociaciones profesionales y laborales, o en las diversas agrupaciones que encauzan la participación en la vida pública. No renunciéis a configurar el mundo que deseáis para vuestros hijos: sed protagonistas activos y generosos de su futuro.

Recordad las palabras que os dirigía Juan Pablo II en 1993: «¡salid, pues, a las calles, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política!»[14].

5. En esta Jornada Mariana de la Familia, nos sentimos atraídos con fuerza ante un panorama apostólico tan apasionante. A la vez somos conscientes de nuestras escasas fuerzas personales, de nuestras propias limitaciones. Es el momento de confiar en el Señor, como tantas veces repetía Monseñor Álvaro del Portillo, para hacer ver a sus hijos que la gracia de Dios supera cualquier obstáculo: si una dificultad es más grande, más ayuda recibimos del Señor para superarla.

Ante todo, me interesa repetir a quienes estáis casados que no olvidéis que habéis recibido un sacramento grande: el sacramento del matrimonio, instituido por Jesucristo para conferiros la gracia específica que necesitáis para ser esposos cristianos, y alcanzar precisamente ahí la santidad, como con acentos de verdadera novedad insistentemente repitió el Beato Josemaría.

Tened, pues, la certeza de que la ayuda divina no os va a faltar. Confiados en el amor de Dios Padre, de cuya paternidad participáis, estad seguros de que, con la gracia del Espíritu Santo, en vuestras almas y en las de vuestros hijos se irá modelando día tras día la imagen de Cristo, nuestro Hermano mayor, primogénito entre muchos hermanos[15].

Y volved siempre vuestra mirada a la Santísima Virgen —hoy a Nuestra Señora de Torreciudad—, que es nuestra esperanza: con su ayuda, cada una, cada uno de vosotros, será el apóstol que Cristo necesita para difundir la dignidad humana y cristiana de la familia por todas las encrucijadas del mundo, cuando alborea un nuevo milenio de la humanidad. Que Dios os bendiga.

[1] Lc 2, 16.

[2] Lc 2, 40.

[3] Cfr. Oración sobre las ofrendas.

[4] Cfr. Mt 25, 21.

[5] Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-1994, n. 2.

[6] Epístola a Diogneto, V, 8-9.

[7] Beato Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 121.

[8] San Agustín, Sermón 354, 4.

[9] Beato Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 25.

[10] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 50.

[11] Beato Josemaría Escrivá, 22-VI-1933, en Apuntes íntimos, n. 1725.

[12] Cfr. Juan Pablo II, Carta a las familias, n. 13.

[13] Ibid.

[14] Juan Pablo II, Homilía en la Misa de la consagración de la Catedral de la Almudena, Madrid, 15-VI-1993.

[15] Cfr. Rm 8, 29.

Romana, n. 19, Luglio-Dicembre 1994, p. 269-274.

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