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Con ocasión de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma (8-XII-2025)

«Desbordo de gozo en el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido con un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como la novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10). Estas palabras de la antífona de entrada de la liturgia de hoy, tomadas del libro de Isaías, la Iglesia las aplica a la santísima Virgen, que se alegra por el gran don de Dios. También nosotros hacemos nuestras estas palabras y quisiéramos realmente desbordarnos de gozo en el Señor ante la realidad de nuestra Madre inmaculada, llena de gracia, cuya Inmaculada Concepción celebramos hoy de modo especial.

Hoy la liturgia, en el Evangelio, nos propone un texto que no solo hemos leído y meditado muchas veces, sino que está constantemente presente en nuestra vida: en el ángelus, en el rosario, en el avemaría… Podemos volver a introducirnos en esta escena extraordinaria (cfr. Lc 1,26-38). «En aquel tiempo, fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María». Sigue luego la narración del ángel, que le dice a la Virgen: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo».

Es bonito considerar que, inmediatamente, el ángel —de parte de Dios— no se dirige a la Virgen llamándola por su nombre, sino «llena de gracia», como si ese fuese —y en cierto modo lo es— su nombre principal, aunque después la llame por su nombre propio: «María». Ese «llena de gracia» no indica solo que está llena de algo, sino que expresa que ha sido transformada por la gracia. ¿Y esto qué significa? La gracia produce divinización: una plena configuración —hasta donde podemos imaginar— con la divinidad. No puede ser una plenitud absoluta, como es lógico, pero es una realidad que la teología no alcanza a comprender del todo; sí puede, en cambio, admirarla y agradecerla. Porque esa grandeza es la de nuestra Madre.

Después de recibir un anuncio tan sorprendente —ser llamada llena de gracia, ser elegida para ser la Madre de Dios que se encarna en sus entrañas—, nuestra Madre se considera esclava. Ecce ancilla Domini. Y con san Josemaría queremos decir ahora a María: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —“fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!» (Camino, n. 512). Hoy contemplamos, como consecuencia de la Inmaculada Concepción y de la plenitud de gracia en María —que es Madre nuestra—, que ella, con su fiat, ha hecho posible, porque así lo dispuso Dios, que lleguemos a ser hermanos de Dios: porque somos hermanos de Cristo, hijos de Dios Padre y herederos de su gloria; herederos del cielo, de la plenitud de la felicidad.

La segunda lectura recoge unos textos tantas veces meditados, de la carta de san Pablo a los Efesios: «En él —en Cristo— nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia, por el amor» (Ef 1,4). Nos tiene que dar una gran seguridad escuchar una vez más estas palabras, porque es el Señor quien nos ha elegido desde siempre, antes de la creación del mundo, para que seamos santos e inmaculados. Y nosotros, que nos vemos tan lejos de ser santos y sin mancha, podemos tener la seguridad de que Dios nos ha elegido precisamente para eso.

Por lo tanto, él nos da la gracia y la certeza de que podemos alcanzar esa meta; de que no nos van a faltar sus luces y sus ayudas para seguir adelante, para llegar a ser santos, sin mancha en su presencia por el amor. «Nos eligió antes de la creación del mundo»: es algo notable y misterioso, porque la eternidad de Dios y su relación —digámoslo así— con nuestra temporalidad nunca la terminamos de comprender. Pero sí podemos afirmar, porque así lo ha querido revelar el Señor a través de san Pablo, que cada uno de nosotros está en la mente de Dios desde antes de que el mundo fuese creado. Y nos ha elegido en él, en Cristo.

Todo el sentido de nuestra vida está unido a la encarnación de Dios, a Jesucristo, de modo que el sentido mismo de nuestra existencia es la identificación con él. Por eso, todo nuestro empeño queremos que sea —y así te lo pedimos ahora en nuestra oración, Señor— buscarte a ti, identificarnos contigo; porque todo nuestro sentido está en vivir en la unión contigo. Para eso, procuramos buscar la unión con Jesucristo ante las contrariedades externas e internas, ante las ansiedades y las preocupaciones. Porque no debe extrañarnos tener, en ocasiones, contrariedades externas y también internas: ansiedades, preocupaciones, disgustos.

Ese ser sin mancha es también una meta que vemos realizada desde siempre en la Virgen, y a la que nosotros estamos llamados: vivir así, sin mancha. Esto supone una lucha de purificación del corazón: purificar la intención, buscar todo lo que implica la exigencia amorosa de Dios en nuestra vocación. Sigue diciendo san Pablo que hemos de vivir así, sin mancha, en su presencia. Esa presencia de Dios nos llena de seguridad; ciertamente, por nuestra parte requiere buscarla, actualizarla, ser conscientes de ella, pero, sobre todo, es una realidad, aunque a veces no nos demos cuenta: Dios está siempre con nosotros. Esa es nuestra seguridad.

Esta realidad del Dios con nosotros tuvo en la Virgen una plenitud total. Y a ella le pedimos: Madre nuestra, ayúdanos, por una parte, a actualizar la fe en esta seguridad de que Dios está con nosotros; y, a la vez, ayúdanos a poner los medios para que busquemos constantemente reconocer esa presencia de Dios. Darnos cuenta de una presencia que es presencia de amor, que nos haga sentirnos mirados amorosamente por Dios a todas horas.

Se lo vamos a pedir a la Virgen: Madre nuestra, ayúdanos a dirigir nuestra mirada; que no sea una mirada corta, que no se limite a lo inmediato. Porque, al mismo tiempo que deseamos sabernos mirados, queremos también mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Ser mirados y mirar: esa es, en el fondo, la dinámica de la presencia de Dios, que no es simplemente pensar en algo; es mucho más: es mirar, es ver con la fe, y sabernos mirados amorosamente por Dios a todas horas. Que la Virgen, Madre nuestra, nos dé estos ojos para ver.

¿Qué podemos nosotros dar a Dios? Si Dios es infinito, si Dios es el Omnipotente, el que lo es todo… Y, sin embargo, sorprendentemente, podemos darle algo que él no tiene. Parece una contradicción, pero podemos darle nuestro amor, porque él ha querido necesitar, sin necesitarlo realmente. Pero, en el misterio —en la medida en que podemos contemplarlo, aunque sea vagamente—, es así. Dios quiere que le queramos; quiere nuestro amor. Y podemos negárselo, y tantas veces lo negamos, aunque sea en cosas pequeñas. Vamos a pedirle a la Virgen que tengamos conciencia de que Dios quiere nuestro amor; que ha querido necesitar de nosotros y que desea, muy especialmente, que queramos a los demás: que queramos a Dios amando a los demás, viendo en ellos a personas amadas por Dios.

No se trata solo de ver a alguien a quien debemos querer; hemos de ver en cada persona humana —y más aún en quienes tenemos cerca— a alguien que es amado por Dios. Por eso, ¿cuánto valemos todos, a pesar de nuestras miserias y debilidades? ¿Cuánto valen nuestros hermanos? Valen lo que vale alguien amado por Dios. Así cada persona, hasta la última de este mundo: todas son amadas por Dios.

Y así te pedimos, Madre nuestra, que se encienda nuestro afán de almas, porque todas son amadas por tu Hijo. Querríamos imitarte en tu Inmaculada Concepción; ciertamente, tu concepción no podemos imitarla, pero sí tu limpieza. Queremos que nuestra respuesta al Señor sea siempre como la tuya, Madre nuestra: que sea un fiat auténtico, un fiat decidido, como tantas veces ya lo es.

Queremos que sea así de modo más habitual. Y deseamos que ese sea el ejercicio más profundo de nuestra libertad: querer, Señor, lo que tú quieras. Que nuestras elecciones, nuestro ejercicio de la libertad, vayan siempre en la línea del fiat, hágase. Ojalá queramos —porque nos da la gana— hacer lo que tú quieres, Señor. Que no lo hagamos nunca como forzados, aunque a veces nos ocurra porque somos débiles. Pero querríamos que nunca fuera algo forzado, sino que lo hiciéramos con plena libertad, incluso en las cosas que más nos cuesten, incluso en aquello que nos haga sufrir: hacerlo porque queremos, porque nos da la gana.

A la Virgen inmaculada le pedimos con audacia que nos ayude a parecernos a ella en su limpieza; sobre todo en el sentido positivo: buscar siempre el bien, buscar siempre al Señor, querer hacer la Obra, olvidarnos de nosotros mismos. Esa es la gran limpieza que queremos, que ya tenemos —gracias a Dios—, pero que puede ser aún mayor, más profunda, más limpia.

Madre nuestra, ayúdanos a imitarte en ser inmaculados, sin mancha, en aquello que es posible en nuestra vida; pero, sobre todo, en la intención: que sepamos rectificarla y purificarla con alegría, acudiendo siempre a la Virgen. Hoy especialmente le pedimos esta limpieza de alma, de corazón, que es, de alguna manera, el motor que nos llevará cada vez más a darnos, a servir y, en consecuencia, a ser felices, a estar muy contentos. Porque nuestra Madre —como toda buena madre, y más ella, que es la Madre más grande y más perfecta— lo que quiere es la felicidad de sus hijos.

Romana, n. 81, julio-diciembre 2025, p. 238-242.

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