envelope-oenvelopebookscartsearchmenu

Con ocasión del 60º aniversario de la inauguración del Centro Elis, Parroquia de San Giovanni Battista al Collatino, Roma (21-XI-2025)

Como relata la primera lectura (Nm 8,2), el sacerdote Esdras llevó ante la asamblea de los hombres, de las mujeres y de todos los que eran capaces de entender el libro de la Ley de Dios, y después de haber leído algunas partes, explicó su sentido para favorecer la comprensión.

Desde hace 60 años, cada día, y de manera especial el primer día de cada semana (el domingo), se renueva en este templo santo el encuentro de los hijos de Dios con su Palabra.

La Palabra de Dios, que llega, si se lo permitimos, al corazón de todos, pequeños y grandes, abre nuestra mente para que podamos leer el diseño de Dios sobre nuestra vida.

Así como esta iglesia fue construida sobre sólidas bases y se ha mantenido materialmente íntegra a lo largo de estos años (incluso haciéndose más acogedora, gracias también a la espléndida obra de arte de las vidrieras), también la comunidad de Casalbruciato, con sus pastores y sus fieles, ha crecido y se ha convertido en un punto de referencia seguro para muchas personas y familias que se han beneficiado, además, de los innumerables servicios ofrecidos por el Centro Elis.

A este respecto, san Pablo nos ha recordado en la segunda lectura (1Co 3,16) que cada uno de nosotros es, y está llamado a ser, gracias al bautismo recibido, templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en nosotros.

En el Evangelio hemos escuchado el ejemplo de Zaqueo, un hombre rico y poderoso que siente la necesidad de encontrarse con Jesús. Se da cuenta de que es demasiado pequeño para poder verlo, pero está dispuesto a trepar a un árbol, sin miedo a parecer ridículo.

De ese modo puede encontrar a Jesús, que pasa y le dice: «Hoy debo quedarme en tu casa». Con ese encuentro comienza para él una vida nueva.

También nosotros podemos ponernos en condiciones de encontrar a Jesús, que pasa en nuestra vida también a través de las calles de nuestra parroquia y del variado universo del Elis. Jesús nos llama a trabajar en esta porción de la Iglesia y en este taller de Dios, modelándonos sabiamente según sus diseños de salvación (cfr. León XIV, Homilía, 9 de noviembre de 2025).

Podría ser útil detenerse a considerar estos largos años de historia del Elis, como se suele hacer en una buena familia: sin prisa y revisando como en una película las imágenes de tantos, jóvenes y viejos, solteros y casados, que se han sucedido en el tiempo y han invertido su trabajo profesional, gustosamente y por amor, en esta gran estructura del barrio de Casalbruciato.

San Josemaría solía afirmar que «la vida habitual de un cristiano que tiene fe, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente» (Meditación, 3 de marzo de 1954). Es decir, no podemos considerar que nuestra vida cristiana se reduce al testimonio de alguna práctica de piedad. «Tú y yo somos cristianos, pero al mismo tiempo y sin solución de continuidad, somos ciudadanos y trabajadores con obligaciones muy precisas que debemos cumplir de manera ejemplar si de verdad queremos santificarnos» (Amigos de Dios, n. 61).

San Josemaría afirmaba también: «El trabajo profesional —sea el que sea— se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío —un buen cristiano—, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que —inmersos en las realidades temporales— estamos decididos a tratar a Dios» (ibid.).

Podemos pedir al Señor que nos ayude a descubrir, en cada momento, el significado divino que transforma nuestra vocación profesional en el eje sobre el cual se apoya y gira nuestra llamada a la santidad. Recordemos a este respecto que también Jesucristo nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero hombre, era reconocido por sus contemporáneos como el artesano, el hijo de María, indicando así a cada uno de nosotros, de manera elocuente, el valor de nuestro trabajo oculto y silencioso.

San Josemaría, el santo de lo ordinario, como lo llamó san Juan Pablo II, nos lanza un desafío siempre actual: nuestro trabajo debe ser oración personal, debe transformarse en una hermosa conversación con nuestro Padre celestial. En una ocasión, hace muchos años, durante la guerra civil española, encontrándose en la ciudad de Burgos con algunos jóvenes, les dio un ejemplo inspirado en la bellísima catedral de esa ciudad. Él mismo lo contaba con estas palabras: «Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era solo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al Señor la vocación profesional? Haz tú lo mismo que aquellos canteros, y tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y perfiles divinos» (Amigos de Dios, n. 65).

San Josemaría, que estuvo presente en la visita de san Pablo VI en aquel memorable 21 de noviembre de 1965, logró que el Papa bendijera la imagen de la Virgen del Amor Hermoso, destinada a presidir el campus de la Universidad de Navarra.

También nosotros encomendamos gustosamente a la Virgen del Amor Hermoso esta obra (el Elis y la parroquia de San Giovanni Battista al Collatino) que el Señor ha querido, que el Señor ha permitido que se desarrollara a lo largo de estos años de trabajo constante y silencioso. Y agradecemos a Dios tantos dones que nos ha concedido por su Misericordia.

Romana, n. 81, julio-diciembre 2025, p. 242-244.

Enviar a un amigo