Con ocasión de la conmemoración de todos los fieles difuntos, Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma (2-XI-2025)
Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. ¿Cuántas veces repetimos esta oración por los difuntos, que hoy adquiere un protagonismo especial? Nos unimos a toda la Iglesia, rezando por ese inmenso número de almas que han partido ya de este mundo. No sabemos quiénes gozan ya del cielo o están en el purgatorio, pero la fe de la Iglesia nos asegura la existencia de ese estado de purificación. Jesús mismo lo sugiere en el Evangelio, al hablar de un cierto perdón en este mundo o en el otro. Ya en el Antiguo Testamento, está el famoso pasaje en que Judas Macabeo ofrece un sacrificio expiatorio por los difuntos para el perdón de sus pecados (cfr. 2M 12,43-46). Y san Pablo, escribiendo a los corintios, dice que quedarán a salvo algunos, como quien pasa a través del fuego (cfr. 1Co 3,15).
La piedad cristiana ha intentado en muchas ocasiones imaginar ese estado de purificación. San Juan Pablo II explicó que el purgatorio no indica un lugar, sino una condición de vida. Es realmente vida, aun marcada por el sufrimiento, pero con la seguridad de la salvación y la conciencia de ser objeto de la misericordia divina: una misericordia que es amor. Nuestro Padre enseña en Surco: «El purgatorio es una misericordia de Dios para limpiar los defectos de los que desean identificarse con él» (n. 889). El Señor quiere que nosotros participemos de esa misericordia, que es llevar en el corazón la miseria de los demás. Concretamente, que sintamos su sufrimiento y, a la vez, la seguridad de poder colaborar con las almas. Así lo ha entendido siempre la Iglesia: nuestros sufragios y sacrificios cooperan en la purificación de las almas que aguardan ver cara a cara a Dios.
Misterio de fe, esperanza y amor
Benedicto XVI, al reflexionar desde la fe sobre el misterio del amor de Dios, explicaba que el alma del purgatorio es consciente del inmenso amor y la perfecta justicia de Dios. Sufre, entonces, por no haber correspondido del todo a tanto bien recibido. Ese mismo amor a Dios se convierte en llama, y la purifica de las huellas del pecado. Es bonito pensar que lo que purifica allí es el mismo amor, que convierte el alma hasta que ese amor sea más perfecto. La liturgia de este día, en la segunda lectura, nos recuerda aquellas palabras de san Juan en su primera epístola: Videte qualem caritatem dedit nobis Pater, ut filii Dei nominemur et sumus! (1Jn 3,1). Al contemplar la existencia de esta situación de purgación antes de entrar en el cielo, intentamos verla siempre bajo la luz del amor divino por nosotros.
Tanto nos ha amado Dios que nos llama hijos suyos y lo somos de verdad. Es admirable ver cómo la liturgia nos permite contemplar siempre la realidad bajo la luz de Dios, que da sentido a nuestra vida, incluso a lo más doloroso. Lo único que explica todo es precisamente el amor de Dios por nosotros. Es una situación de purificación, pero llena de esperanza y de amor: de esperanza segura de la gloria futura y de amor que va aumentando. Si todos ahora en este mundo podemos —y de un modo u otro lo hacemos con frecuencia— pensar en el cielo, las almas del purgatorio lo hacen de un modo más vivo y seguro que nosotros.
Podemos traer a la memoria unas palabras de nuestro Padre: «Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó… Vale la pena, hijos míos, vale la pena» (Notas tomadas de una reunión familiar, 22-X-1960). Vale la pena todo esfuerzo de purificación en esta vida, sostenidos por la certeza del amor de Dios por nosotros, que da significado auténtico a todo. Muchas veces es un amor en el que tenemos que creer, porque no siempre lo vemos.
Podemos intuirlo o verlo en las criaturas y en nuestra propia vida, aunque llega un momento en que es fundamental la fe, creer en el amor de Dios. Como esa exhortación de san Juan, que es como un resumen de la vida cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1Jn 4,16).
Unidos por la comunión de los santos
Podemos colaborar en la purificación de las almas que aguardan entrar en el cielo de un modo más vivo durante este mes. Es realmente una oportunidad para renovar nuestra fe en la comunión de los santos y ejercerla ayudando a los que ya se han ido de este mundo. Así contribuimos a acortar los sufrimientos de esa alegre espera —porque la alegría es compatible con el sufrimiento— hasta que las almas puedan ver cara a cara a Dios en la gloria.
En el Evangelio de la Misa de hoy contemplamos a Jesús en la cruz, rodeado de aquellos dos ladrones condenados. Uno de ellos reza una oración humilde y viva: Iesu, memento mei cum veneris in regnum tuum (Lc 23,42). Nos asociamos hoy a esa súplica, pensando en quienes están esperando esa respuesta del Señor: Ven aquí, hoy estarás conmigo en el paraíso. A veces podemos preguntarnos: ¿de qué sirve que rece por esto? Sirve, porque tú lo quieres, Señor; porque esperas nuestra súplica; porque eres quien da la fuerza y la eficacia a nuestra oración. Aumenta, Señor, nuestra fe para que sepamos valorar la fuerza que tú mismo das a nuestra oración.
No sabemos la duración del purgatorio, porque allí ya no existe el tiempo. La teología ha intentado comprender este misterio: algunos hablan de algo parecido a la eternidad, aunque todavía no lo sea del todo; otros lo entienden como un cierto tiempo. En cualquier caso, es un paso previo a la vida y gloria eternas. Sabemos que, aunque los pecados de los que se encuentran en el purgatorio ya han sido perdonados, aún les queda lo que la Iglesia llama pena temporal.
Quizá recordamos la imagen que tanto gustaba a nuestro Padre: si hay tantas almas en el purgatorio y algunas reciben abundantes sufragios y otras nada, parece que unas avanzan más que otras. Él prefería verlo como una fila: las oraciones y sacrificios benefician a todos y la fila va yendo adelante.
Lo que sí es seguro es que nuestra oración tiene eficacia. No se trata solo de un ejercicio de piedad personal, sino de la manifestación práctica de la comunión de los santos por la que estamos muy unidos y nuestra oración beneficia a todos, vivos y difuntos. Por eso, durante noviembre, procuremos cuidar con esmero los sufragios que nos indicó nuestro Padre. Y, en la medida en que podamos, ir ofreciendo la Misa, la comunión y la parte del rosario por las diversas intenciones.
También podemos acudir a las almas del purgatorio. Nuestro Padre tenía sobre ellas una visión poco común, pues solemos pensar solo en ayudarlas nosotros; sin embargo, ellas también interceden por nosotros. Y así leemos en Camino: «Las ánimas benditas del purgatorio. —Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable —¡pueden tanto delante de Dios!— tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu oración. Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: “Mis buenas amigas las almas del purgatorio…”» (n. 571). Realmente, pueden mucho ante Dios también por nosotros.
Durante este mes, es lógico que también esté presente en nuestra oración la realidad de la muerte y de la necesidad de purificación. Al pensar en las almas del purgatorio, comprendemos que, mediante la mortificación, el sacrificio y la oración, podemos adelantar algo en esta vida parte de este proceso. También a través de las indulgencias; es notable la gracia que el Señor ha confiado a la Iglesia: mediante las indulgencias plenarias es posible evitar el purgatorio. Podemos tener durante este mes más presente la realidad de la muerte en el mundo, de las almas del purgatorio y también de nuestra propia muerte, para crecer en deseos de purificación y valorar más también las pequeñas mortificaciones en la vida ordinaria.
Al pie de la Cruz
Es una cuestión de fe, en la que junto a la luz se presenta también la oscuridad. A veces podemos pensar: ¿de qué sirve que yo retrase esto que me gusta o que haga este pequeño sacrificio? Y entonces hacemos un acto de fe: sirve por el amor de Dios. La fuente de nuestro mismo amor a él es su amor por nosotros. Porque nosotros, Señor, no podríamos quererte si tú no nos das la capacidad de hacerlo.
Caminemos por esta vida con la mirada puesta en la felicidad eterna, a la que están llamados los difuntos y que las almas del purgatorio tienen ya garantizada. Nosotros podemos colaborar en su camino con nuestra oración, con nuestra mortificación. Toda nuestra fortaleza procede de la cruz de Cristo. Como proclamamos en la liturgia del Jueves Santo: In quo est salus, vita et resurrectio nostra. En él y en su cruz hallamos la vida, la salvación y la resurrección futura, tanto nuestra como la de los difuntos.
La cruz de Cristo se hace presente de muchas formas, pero de manera realísima en la Eucaristía, en la santa Misa. Por eso, el mejor modo de ayudar a los difuntos es precisamente ese. En la Misa se encuentran para todos la vida y la resurrección. Auméntanos, Señor, la fe, esa virtud que nos impulsa a orar más, a esperar, y, sostenidos por tu gracia, Señor, a amar.
Volvamos al Evangelio que se proclamará hoy. «Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu reino». Hacemos esta oración en nombre de todos los difuntos, para que sea sufragio, empujón, y alivio de los sufrimientos de tantas almas que aguardan la gloria. Junto a la cruz contemplamos a nuestra Madre con san Juan: llena de gracia, unida al dolor inmenso de su Hijo, cooperando a la obra de la redención. Por eso, toda ayuda que ofrecemos a las almas del purgatorio cuenta, junto a la cruz de Cristo, con el sufrimiento de la Virgen. Pensando en ella al pie de la cruz, nos será más fácil ser generosos en la mortificación.
Al pensar en la salvación del mundo entero, tan necesitado hoy de paz y de reconocer la presencia amorosa de Dios, recordamos que las almas del purgatorio, como nos enseñó nuestro Padre, interceden también por nosotros. Pidámosles que nos ayuden a sembrar la paz en el mundo, a llevar a Cristo y a hacer la obra de Dios en nuestra vida.
Le pedimos especialmente a la Virgen, como solemos hacer al concluir nuestra oración, que nos una en la santa Misa al sacrificio redentor de Cristo, permaneciendo junto a él, con María al pie de la cruz.
Romana, n. 81, julio-diciembre 2025, p. 235-238.