La misión de la unidad
En la homilía del pasado 18 de mayo de 2025, durante la Misa de inicio del ministerio petrino, el Papa León XIV ofreció dos ejes que constituyen dimensiones esenciales de la misión que Jesús confió a Pedro, y que también pueden ser leídas como invitación para cualquier cristiano: «Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro».
El Papa se dirigió a los fieles «con temor y trepidación», pero también como «hermano que quiere hacerse siervo de vuestra fe y de vuestra alegría». Porque la autoridad no es dominación, sino servicio basado en el amor. Un amor que es incondicional por parte de Dios, que no decae ni siquiera en los momentos de nuestras caídas o negaciones. Por eso Pedro va adelante: porque ha «experimentado en su propia vida el amor infinito e incondicional de Dios».
La autoridad en la Iglesia, afirmaba León XIV, está marcada por el «amor oblativo», y es legítima cuando se ejerce acercándose, caminando junto al pueblo de Dios, cuidando al rebaño sin arrogancia, desde el amor de Jesús.
La unidad como horizonte eclesial y social es otra dimensión inseparable del amor. El Santo Padre nos recuerda que la Iglesia es «una única familia», unida en la fe, en la comunión entre diferentes culturas, experiencias y comunidades. No una uniformidad artificial o impuesta, sino sincera: reconoce diferencias, no oculta tensiones, genera comunión auténtica.
El Papa invita a la Iglesia a ser signo de unidad para un mundo reconciliado, que sea fermento de comunión y de fraternidad. En un mundo herido por prejuicios, violencia, miedo al diferente, León XIV señala la unidad no como ideal abstracto, sino como misión concreta: tender puentes, albergar al otro, servir al pobre.
La vocación cristiana al amor y la unidad no está exenta de dificultades: incluso Pedro, columna de la Iglesia, niega tres veces a Jesús. Pero, en ese camino, el apóstol se encuentra, de un modo muy particular, con la misericordia divina. El itinerario de Pedro nos enseña que en todas las situaciones y circunstancias Dios nos da fuerzas para recomenzar, para echar de nuevo la red, para seguir sirviendo a Jesús y a los demás con humildad.
El cristiano está hoy urgido a hacer propio el deseo de León XIV: que la Iglesia sea signo de unidad, comunión y fraternidad, y que este hecho tenga efectos reales en el mundo, tan necesitado de reconciliación para superar los conflictos, de curación de las heridas y de una fe experimentada no como carga sino como fuerza gozosa y transformadora. Una Iglesia que viva el amor de Dios, sin calcular, acompañando y entregándose; una Iglesia que sepa construir unidad en medio de la diversidad.
«En momentos como este —escribía Mons. Fernando Ocáriz en un mensaje del pasado 8 de mayo que se reproduce en este número de Romana— la fe de la Iglesia reluce con particular esplendor en la unidad de corazones y de oración por el padre común y por todos los hermanos. Hoy de una manera especial nos interpela ese consejo que san Josemaría plasmó en Forja: “Ama, venera, reza, mortifícate —cada día con más cariño— por el Romano Pontífice, piedra basilar de la Iglesia, que prolonga entre todos los hombres, a lo largo de los siglos y hasta el fin de los tiempos, aquella labor de santificación y gobierno que Jesús confió a Pedro” (n. 134)».
Romana, n. 80, enero-junio 2025, p. 11-12.