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Con ocasión de la fiesta de san José, Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma (19-III-2025)

Hoy, en la fiesta de san José, la liturgia nos ofrece numerosos textos, como es habitual. Pero en particular, la segunda lectura —de la Carta de san Pablo a los Romanos— aplica a san José la figura de Abraham: aquel que, esperando contra toda esperanza, creyó que llegaría a ser padre de muchos pueblos, y le fue contado como justicia (cfr. Rm 16-22). Se trata de la conexión entre la fe y la esperanza, que hoy se nos invita a contemplar también en la vida de san José: una fe unida a una esperanza firme, que nace de la confianza en el poder de Dios, en su amor y en sus planes, incluso cuando esos planes desbordan por completo nuestra capacidad de comprenderlos.

En san José vemos un hombre que cree, que confía, que acoge con fe el misterio inmenso de la encarnación. Lo vemos aceptar un plan que rompe los planes humanos más naturales, incluso los que seguramente había concebido en su corazón. Lo vemos partir hacia Egipto casi sin preparación, confiando únicamente en la palabra de Dios. Y lo vemos así siempre: obediente, silencioso, fiel. De un modo especial lo contemplamos junto a la Virgen, años después, cuando el Niño se queda en el Templo y ambos reciben de Jesús una respuesta que resulta verdaderamente desconcertante. Lo hemos meditado muchas veces: a pesar de ser quienes eran, la Virgen y san José no comprendieron del todo al Señor. Así lo expresa el mismo Evangelio. Y, sin embargo, esa fe les impulsaba a aceptar siempre la voluntad de Dios, a querer lo que Dios quiere. Era una fe viva, operante, inteligente. Una fe que actuaba por la caridad. Una fe que se manifestaba también como raíz de una obediencia pronta, delicada y total a los planes de Dios.

La fe misma es ya una forma de obediencia: es la obediencia de la fe, la entrega de la inteligencia y del corazón a Dios. Por eso, hoy podemos pedirte, Señor, por la intercesión de san José, unido a la Virgen santísima, que nos concedas una fe así de grande. Una fe que nos haga vivir convencidos de tu amor, porque ese es, en el fondo, el gran tema de nuestra fe: creer en tu amor fiel y eterno.

Ese amor que nos lleva a aceptar, incluso cuando no entendemos del todo, tus planes y tus exigencias. Hoy, Señor, de manera especial, te pedimos la fe de san José. Es una petición audaz, lo sabemos. Pero al menos deseamos acercarnos a esa fe, y que ella nos conduzca también a una esperanza grande. Que sepamos esperar contra toda esperanza, como Abraham, como san José. Concretamente, la esperanza de la santidad. La esperanza de cumplir tu voluntad, Señor, a pesar de la experiencia de nuestra debilidad. Que esa esperanza esté enraizada en una fe renovada, más grande, puesta no en nuestras fuerzas, sino en tu poder y en tu amor por nosotros. Y desde ahí, que podamos vivir abiertos a tu querer, abiertos con docilidad, con humildad, con confianza. Abiertos, en una palabra, a obedecer con alegría tu plan de amor.

Con una obediencia libre, con una libertad de espíritu grande, con un corazón que hace suyo lo que tú quieres, Señor. Así no dudaremos en obedecer con alegría. Incluso cuando tus planes se nos presenten difíciles, humanamente incomprensibles, como le sucedió a san José. En una ocasión, el Papa Francisco decía que «José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar» (Patris Corde, n. 3): «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y se fue a Egipto» (Mt 2,14-15). Un plan verdaderamente sorprendente… y, sin embargo, José no dudó.

Nosotros hoy te pedimos, Señor, por la intercesión de san José, que sepamos obedecer sin dudar. No solo de forma externa, no solo por deber, sino con libertad interior. Que obedezcamos porque nos da la gana, porque lo hacemos nuestro, porque creemos con fe firme que lo que tú nos pides es siempre lo mejor para nosotros, fruto de tu amor fiel.

Esperanza en los cielos

Nuestro Padre nos decía que nosotros éramos su esperanza, porque la Obra está en nuestras manos, y tenemos la seguridad de que desde el cielo él sigue ayudándonos, sigue empujándonos. Queremos vivir con esa esperanza que, como escribe san Pablo a los colosenses, está en el cielo (cfr. Col 1,5). No en nuestras fuerzas, no en nuestras capacidades, sino en ti, Señor, en tu amor, en tu fidelidad. Confiamos en que tú no nos dejas solos, en que siempre podremos contar con tu ayuda, y que seremos fieles… si queremos serlo. Señor, hoy renovamos ese deseo: queremos ser fieles. Y sabemos que, si lo queremos, lo seremos, porque tu gracia no nos faltará nunca. Por eso podemos vivir con seguridad, con una esperanza cierta, no fundada en nuestras fuerzas, sino en tu poder, en tu amor. Una esperanza que es también seguridad. Y eso te pedimos hoy, Señor: que nos concedas, como a nuestro Padre, la seguridad de lo imposible. Porque lo imposible que queremos vivir y alcanzar es, ante todo, nuestra propia santidad.

Ante la experiencia de nuestra propia debilidad, tenemos que estar convencidos de que la santidad no es una utopía. No es una meta inalcanzable ni un ideal abstracto. La santidad es la llamada de Dios para cada uno de nosotros. Es su plan para nuestra vida. Y él, que nos llama, nos da también todos los medios necesarios para alcanzarla, toda la fuerza, incluso en medio de nuestras fragilidades. Esta es la seguridad de lo imposible: creer que, con Dios, podemos llegar a ser santos.

Recordamos aquellas palabras de nuestro Padre, que describían a san José como el hombre de la sonrisa permanente y el encogimiento de hombros. No un gesto de indiferencia, sino de abandono confiado: sea lo que sea, contamos con la ayuda de Dios. Por eso, queremos vivir también nosotros con una sonrisa permanente ante las dificultades, con esa esperanza que es fuente de alegría. La esperanza cristiana de la que habla san Pablo: «Alegres en la esperanza» (Rm 12,12). Una esperanza puesta en el Señor, no en nuestras propias fuerzas. Porque la esperanza nace de la fe, y va unida inseparablemente a ella.

El Evangelio dice poco de san José. Nos muestra su fe, su docilidad a los planes de Dios. Y con razón podemos imaginar —sin temor a equivocarnos— cómo trataría al Señor, con cuánto amor cuidaría de Jesús en su infancia. También nosotros queremos tratar a Cristo así: con todo el cariño del que seamos capaces. Y sabemos que lo tratamos y lo amamos también cuando tratamos y amamos a los demás. Por eso, hoy te pedimos, Señor, que con la fe y la esperanza aumentes también en nosotros la caridad. Que sepamos querer de verdad, con un amor que se traduzca en espíritu de servicio, en una disposición habitual a pensar en los demás, a hacer su vida más agradable, a rezar por ellos, a llevar como propio todo lo que les afecta.

Hacer nueva nuestra entrega

La fe de san José es una fe que se traduce en fidelidad. El Evangelio de hoy lo resume así: «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). Una fe que se convierte en obediencia, en docilidad, en una fidelidad perseverante. Y eso es lo que queremos renovar hoy, Señor: nuestra entrega. Que esta renovación no sea solo un recuerdo, sino un acto real. Que nuestra entrega sea hoy verdaderamente nueva. Que te la ofrezcamos con amor renovado, con el deseo sincero de serte fiel, como san José: siempre, en todo, con alegría.

¿Y cómo podemos hacer nueva nuestra entrega? En primer lugar, convencidos de que sí es posible hacerla nueva. Que es posible no vivir por inercia, sino con un nunc coepi, un «ahora comienzo». Hacer nueva la entrega es hacer nuevo el amor, es renovar la lucha, y con ello también la fe y la esperanza. Porque podemos renovar el convencimiento de que el Señor quiere que hagamos la Obra, y nos da los medios para ello. Nos da la gracia para ser santos, para ser muy eficaces en la vida ordinaria, en las cosas pequeñas, que se hacen grandes cuando se viven por amor. La fidelidad se renueva, y esa renovación es fidelidad a la vocación; por tanto, es fidelidad a Jesucristo, porque en eso consiste todo.

No luchamos solo por ser fieles a una idea –aunque también lo sea–, sino sobre todo por ser fieles a una persona, a Jesucristo. Queremos serte fieles, Señor. Y hoy deseamos renovar especialmente esa fidelidad a ti. Esto implica ser fieles al camino, a la vocación recibida. Pero esa fidelidad no se dirige a conceptos abstractos, sino al Señor. Por eso queremos hacer muy nuestras aquellas palabras de san Pablo a los romanos: «Ya sea que vivamos o que muramos, somos del Señor» (Rm 14,8-9). Queremos que todo lo nuestro sea de Dios: nuestro trabajo, nuestro descanso, nuestras diversiones, nuestras ilusiones, nuestras penas y sufrimientos…, todo. Porque todo puede ser del Señor. Y porque el Señor quiere que todo sea suyo, ya que somos suyos, y queremos ser ipse Christus, el mismo Cristo.

Y lo somos, y lo seremos cada vez más, si renovamos nuestra entrega con la gracia de Dios, que no nos falta ni nos faltará nunca. Toda la fuerza para cumplir este deseo sincero de fidelidad renovada está, lógicamente, donde tiene que estar: en el mismo Señor. Por eso, en la Eucaristía, en ese momento central de cada día, donde vivimos una unión íntima y real con Cristo —una identificación física con el Señor—, es ahí donde encontramos toda nuestra fuerza. Y ahí vivimos también ese Ite ad Ioseph, «Id a José».

Hoy podemos pedir a san José que nos ayude a ser almas de Eucaristía, que nos enseñe a estar muy metidos en el sagrario, para encontrar allí la fuerza para ser fieles. La fuerza diaria para renovar nuestra fidelidad, día a día. Para que nuestra renovación sea, de verdad, hacer nueva la fidelidad.

Y lógicamente, para nosotros, ser fieles al Señor es ser fieles a lo que él quiere de nosotros: ser fieles al espíritu de la Obra, y por tanto, también fieles a nuestro Padre. Hoy, naturalmente, es un día para tenerle también muy presente. Quizá nos viene a la memoria aquel consejo que Pablo VI dio a don Álvaro, cuando comenzó su misión como Padre: «Siempre que deba resolver un asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi fundador?» (Crónica 1976, p. 282). Don Álvaro comentó con sencillez que eso era justamente lo que había tenido claro desde el principio: hacer las cosas como las haría nuestro Padre.

Hoy, fiesta de san José, podemos recordar también aquellas palabras de san Josemaría, que nos decía en una de sus homilías: «El nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino» (Es Cristo que pasa, n. 40). En las cosas más pequeñas —de nuestro trabajo, de nuestra oración— tocamos el mundo entero, alcanzamos horizontes inmensos. La grandeza de nuestras obras la da el Señor. Él pone esa grandeza. Y cuando colocamos en tus manos, Señor, hasta lo más pequeño, eso llega hasta el fin del mundo, a todas las regiones, a todas las tareas. Incluso en los trabajos que nos parecen —y humanamente quizá lo son— pequeños, limitados en el tiempo, tú, Señor, puedes hacerlos llegar hasta los confines más remotos, hasta las almas más cercanas y más lejanas. Fieles…, vale la pena. Hoy también es un día para cantar por dentro ese «Fieles, vale la pena».

Al renovar nuestra fidelidad, nos damos cuenta de que vale la pena. Vale la pena incluso cuando esa pena es el cansancio del trabajo, el encargo que cuesta, el aspecto que no entendemos. Vale la pena, sí, vale la pena. Y como nuestro Padre, al escuchar aquella canción, repetía por lo bajo ese «vale la pena», como expresión de una experiencia viva: había valido la pena tanto esfuerzo, tanto trabajo, tanto sacrificio, para sacar la Obra adelante. Te pedimos, Señor, por intercesión de san José, que nos grabes más a fondo esta idea tan sencilla y tan verdadera: que vale la pena. Todo lo que tengamos que hacer, trabajar, incluso sufrir, para llevar adelante la Obra, vale la pena. Ya tenemos experiencia de que es así, y deseamos que esa experiencia se haga más constante, más profunda, y por tanto también más alegre.

San José, padre y señor nuestro, patrono de la Iglesia universal… Hoy es también una ocasión para rezar por el Papa, recordando a san José como patrono de toda la Iglesia. Y terminamos, lógicamente, uniendo nuestra oración a Jesús, María y José. Nuestro Padre contaba que, al despertarse por la mañana, lo primero que veía era un cuadro de esa trinidad de la tierra: la Virgen santísima con el Niño y san José. También nosotros queremos que ese despertar diario —no solo físico, sino también el despertar de nuestra conciencia ante el trabajo, ante las circunstancias— sea, de algún modo, una mirada a esa trinidad de la tierra, que nos conduce directamente a la Trinidad del cielo.

Romana, n. 80, enero-junio 2025, p. 70-74.

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