envelope-oenvelopebookscartsearchmenu

Discorso pronunciato dal Prelato dell'Opus Dei, in qualità di Gran Cancelliere dell'Università di Navarra, nella cerimonia del conferimento di sei lauree ad honorem, il 21 gennaio 1989.

Eminentísimo Señor Cardenal,
Excelentísimos Señores,
Dignísimas autoridades,
Ilustre Claustro de esta Universidad,
Señoras y Señores:

La Universidad de Navarra, proyectada con la gran aspiración de servir desinteresadamente al hombre, y llevada a cabo con el amparo divino y con la ayuda de millares y millares de personas de todo el mundo, se reúne hoy, en esta ceremonia solemne, para celebrar uno de los acontecimientos más significativos de la vida académica: recibir en su Claustro de Doctores a personalidades que se han hecho justamente acreedoras de ese honor, y que, al aceptar su incorporación al cuerpo académico de esta Alma Mater, la honran y la enriquecen con su presencia. Procedentes de varios países, y dedicados a tareas muy diversas, los nuevos Doctores confirman, por títulos distintos, la profunda verdad enseñada y vivida por el Fundador y primer Gran Canciller de esta Universidad: la dimensión transcendente de todas las nobles realidades humanas. Somos conscientes, cada uno de los que aquí trabajamos, de nuestra responsabilidad en la configuración de la historia que nos lleva a procurar alcanzar la mejor competencia profesional, con la que deseamos ayudar a la humanidad entera a construir el verdadero camino que debe recorrer.
Permitidme que evoque, en primer lugar, la figura del hombre cabal y gran investigador que fue don José María Lacarra, muy presente entre nosotros a través de tantos discípulos y amigos, y más aún por la comunión en la fe, que supera los límites de la ausencia física. Nacido en la histórica ciudad de Estella, y afincado durante muchos años en la Universidad de Zaragoza, supo unir en su labor científica el tesón del investigador, que rastrea el detalle de los hechos, con la capacidad de síntesis, que sabe poner de relieve las líneas maestras que rigen el entramado de la historia. Al nombrarle, a título póstumo, Doctor honoris causa, la Universidad de Navarra quiere honrar, en su figura egregia y amable, a cuantos cultivan la ciencia histórica y a cuantos, en esta gran tierra navarra, han dedicado su vida a la investigación, a la docencia y al esfuerzo por orientar de modo plenamente humano problemas y acontecimientos.
También el Profesor Angel Santos Ruiz ha dedicado su vida, desde muy joven, a indagar las profundidades de la existencia humana: no en los avatares de la historia, sino en el análisis de la naturaleza, a través de las ciencias bioquímicas, durante muchos años de constante trabajo en la Universidad Complutense y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Desde el laboratorio y desde la cátedra, ha desentrañado las leyes de la realidad creada, ha ofrecido a los hombres los resultados de sus descubrimientos, y ha sabido formar numerosos discípulos que transmitieran a otros, junto con su saber, un acusado sentido humano y cristiano de la vida y de la ciencia.
Al nombre de don Angel Santos Ruiz, me complace unir el del Profesor Christopher Sellars, copartícipe con él, desde el ámbito de la metalurgia, en los ideales de la investigación científico-experimental. Su trabajo en la Universidad de Sheffield, y su colaboración con muchas otras instituciones, le han permitido aportar a la comunidad científica un conocimiento más preciso y riguroso de las propiedades de diversos metales, y de sus posibilidades de servir al progreso de la ingeniería.
Pero las ciencias y las técnicas, aunque dilaten nuestro saber y nuestra capacidad de dominio sobre la naturaleza creada, no podrían desplegar todas sus posibilidades sin la colaboración de los hombres de acción y, muy particularmente, de los hombres de empresa, con su aptitud para suscitar proyectos, unificar voluntades, coordinar tareas. Por esto, la dilatada labor del Profesor John H. McArthur, en la Harvard Business School, y en los programas desarrollados en otros muchos centros, es digna de profundo encomio: a través de su docencia, y de sus escritos, generaciones de empresarios han aprendido a enfrentarse de modo responsable con la tarea de crear las fuentes de riqueza que contribuyen a elevar el nivel y la calidad de la vida humana.
S. S. Juan Pablo II ha subrayado, especialmente en sus encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis, que la persona es —debe ser—, siempre y en todo, para gloria de Dios, el sujeto y fin del trabajo, de la ciencia, del progreso económico y, en suma, de la historia de los pueblos. Por esto, la humanidad necesita también sabios, en el sentido clásico del vocablo, es decir, filósofos, amadores de la sabiduría, hombres y mujeres capaces de interrogarse acerca de las cuestiones últimas, para aportar respuestas sobre el ser y el sentido último de la realidad. La Profesora Elizabeth Anscombe, representante preclara de esta actitud filosófica y humana, honra con su trayectoria intelectual no sólo a la Universidad de Cambridge, sino a la historia de la filosofía contemporánea, a la que ha contribuido en tantos capítulos decisivos, desde la lógica hasta la metafísica y la moral.
Aunque la filosofía otorga un saber imprescindible y profundo, no es, sin embargo, la última y suprema sabiduría. El hombre está llamado a una hondura que transciende a la razón humana, que consiste en la comunión con Dios: una llamada que sólo de Dios depende y que, por tanto, sólo Dios puede dar a conocer. La Palabra divina revela la radical dignidad del hombre —su condición de hijo de Dios—, y nos sitúa ante realidades decisivas —libertad, pecado, gracia, amor—, que iluminan la vida y la historia, y las orientan de modo plenamente humano y divino. Al incorporar al Claustro de Doctores al Cardenal Roger Etchegaray, me complace subrayar su condición de Presidente de la Comisión Pontificia "Iustitia et Pax", su cualidad de colaborador cercano del Papa, cabeza de la Iglesia universal y testigo ante el mundo entero —como lo fueron siempre a lo largo de los siglos los Obispos de Roma— de esas realidades decisivas que acabo de mencionar.
La humanidad atraviesa en estos tiempos una difícil encrucijada de su historia: motivos de optimismo se unen con razones que justifican la perplejidad y aun el temor. Zonas enteras de nuestro planeta padecen el flagelo de un subdesarrollo material, que dificulta a los hombres y a las mujeres de esos pueblos el vivir su destino en la tierra como hijos del Creador. En el extremo contrario de la escala social, otros países son protagonistas de un impresionante crecimiento científico y tecnológico, que les conduce a una rápida acumulación de bienes materiales. Estas sociedades corren velozmente con el desarrollo material, causando al mismo tiempo la impresión de no conocer, en ocasiones, la dirección en la que caminan ni la meta a la que pretenden llegar. No sin razón, alguno ha caracterizado su modo de vivir, en el que la ciencia y la técnica son vistas exclusivamente como medios para conseguir un mayor bienestar, como la "racionalización del hedonismo".
Desde una óptica cristiana, no podemos aceptar este modo de entender la vida de los hombres. Ni tampoco nos resignamos a pensar que esta reducción materialista de la cultura sea la inevitable conclusión del pensamiento, de la ciencia y de la técnica, que caracterizan los últimos siglos de nuestra era. Los hijos de la Iglesia vivimos con serena alegría este tiempo que nos ha tocado en suerte; llenos de agradecimiento al Creador, y también a tantos antecesores nuestros que han gastado sus vidas con el fin de dejarnos en herencia un mundo más humano, apreciamos todas las maravillas de la naturaleza y los inmensos beneficios del progreso material. Más aún, fiados en el mandato divino que, como a Simón Pedro, nos invita a bogar mar adentro (cfr. Lc V, 4), en medio de los afanes de todos los hombres, queremos participar activamente en la tarea de desarrollar la ciencia, de hacer progresar la técnica, de acrecentar el ya ingente patrimonio de la cultura humana.
Deseamos hacerlo, eso sí, en perfecta armonía con los planes eternos del Creador. Frente a quienes han pretendido, y pretenden todavía, construir el mundo de espaldas a Dios, los cristianos aspiramos —con ambición mucho más audaz— a ser con nuestro trabajo diligentes colaboradores de la obra creadora, en ejecución del mandato que Dios asignó a los hombres en los albores de la historia (cfr. Gen I, 28).
¡Qué gran papel corresponde a la institución universitaria, en el cumplimiento de esta tarea! Bien conscientes sois los que me escucháis de la responsabilidad que pesa sobre vuestros hombros, como cristianos y como universitarios, de contribuir a orientar todas las realidades humanas hacia su último Fin, nuestro Dios y Señor.
La luz del Magisterio de la Iglesia nos precede, iluminando el camino. Rendimos en esta solemne circunstancia público tributo a nuestra Madre y Maestra, que no cesa de enseñar, acompañar y ayudar cada día a sus hijos. Agradecemos al Supremo Pastor de la Iglesia, al Santo Padre Juan Pablo II, sus desvelos por la suerte de la humanidad, manifestados en oración, en hechos y en palabras que constituyen para nosotros una guía segura.
Es de justicia también, y es además motivo de gran alegría, recordar de nuevo al Siervo de Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador y primer Gran Canciller de nuestra Universidad. Muchos de los aquí presentes habréis reconocido en las palabras que acabo de pronunciar un eco de sus enseñanzas.
Quisiera, para terminar, recordar algo que está también en el núcleo de la doctrina de nuestro Fundador: que esos ideales humanos y específicamente universitarios, a los que acabo de aludir, se ennoblecen aún más y llegan a su expresión suprema, cuando se insertan armónicamente en una honda vida personal de fe. Al unirnos a Dios, esta virtud nos descubre también con luces nuevas al hombre, y nos ayuda a servirle plenamente, de acuerdo con lo que le confiere su mayor dignidad: su condición de hijo de Dios. Es ésta una gran verdad que Mons. Escrivá de Balaguer se supo llamado a predicar desde el 2 de octubre de 1928, y a la que la Universidad de Navarra procura servir, en ocasiones solemnes como la de hoy y, sobre todo, en la prosa del trabajo cotidiano, en el transcurso sencillo de cada una de sus jornadas.

Romana, Nº 8, Gennaio-Giugno 1989, p. 109-112.