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Lettera ai membri della Prelatura che hanno ricevuto l'ordinazione sacerdotale il 20-VIII-1988, nel Santuario di Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad (Spagna).

¡Que Jesús me guarde a mis hijos, que el próximo día 20 de agosto recibirán la ordenación sacerdotal!

Queridísimos: cuando el Vicario Regional de España os lea estas líneas mías, estaréis a punto de recibir de las manos episcopales del venerado y queridísimo Cardenal Law —que ha tenido la delicadeza de aceptar mi invitación de conferiros la sagrada orden del presbiterado, eligiendo el día de su feast name, San Bernardo—, de recibir, decía, el sacramento que os convierte en sacerdotes de Jesucristo. Comenzáis a recorrer el camino de la vida de un modo nuevo. Procedéis de razas y de naciones muy diversas, pero el sacramento del orden os convertirá, a cada uno de vosotros, en alter Christus, dándoos así una unidad maravillosa de intenciones, de ministerio, de lengua: ¡hablaréis todos con la lengua y la mentalidad de los hijos de Dios, y seréis unum quid con Cristo, Señor Nuestro! Al espíritu del Opus Dei, que todos vivís, se sobrepone el don sublime, y peculiar, del Espíritu Santo, para realizar los sagrados misterios, confeccionar y administrar los Sacramentos, y predicar el Verbum Dei, las maravillas de poder, de amor, de misericordia de nuestro Dios, que ahora os hace ministros suyos y participantes, con el ministerio sacerdotal, del único Sacerdocio de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. In persona Christi, actuando con la persona de Cristo Señor Nuestro, diréis, en el Santo Sacrificio de la Misa: esto es mi Cuerpo, y el pan común se convertirá en el Cuerpo de nuestro amado Jesús, Verbo Encarnado: y, con el Cuerpo, estarán la Sangre y el Alma, y la divinidad de Jesús, en vuestras manos sacerdotales.
Es imposible pensar en esta grandísima dignación que Dios os hace, sin quedarse como anonadados ante tal merced. Hijos míos: ¡que no os acostumbréis nunca a celebrar la Santa Misa, a tratar a Jesús y, por El, con El y en El, a adorar, y a amar, y a desagraviar, y a pedir perdón y a dar gracias a la Trinidad Beatísima.

Os pido que améis con toda vuestra alma sacerdotal el Santo Sacramento de la Confesión, en el que, cuando vosotros digáis al penitente yo te perdono, será Dios el que, utilizándoos como instrumentos, perdonará los pecados. En esos momentos, como en el de la Consagración en la Santa Misa, vosotros seréis de un modo inefable, ipse Christus, el mismo Cristo.

Os ordenáis sacerdotes para servir a la Iglesia, sirviendo a nuestra Prelatura: y os ordenáis no para mandar, sino para servir. Habéis de tenerlo siempre muy presente, estando unidos con perfecta docilidad a vuestros Directores; y subrayaréis, con vuestra acción ministerial, la autoridad y la dirección espiritual que impartan los Directores de la Prelatura. ¡Que seáis muy dóciles siempre!

No olvidaréis nunca que la razón de ser de la Prelatura, como nos dijo innumerables veces nuestro amado Fundador, es ésta: servir a la Iglesia. Por esto, los Directores tienen un trato habitual con los Reverendísimos Ordinarios diocesanos, a los que informan sobre la marcha de nuestro apostolado, y de los que reciben gustosamente consignas apostólicas.

Amad mucho al Santo Padre, que es, en nombre de Dios, signo y causa de unidad en la Iglesia: sed docilísimos a sus enseñanzas y a todas sus disposiciones. Y, en cada diócesis, amad al Obispo y rezad mucho por él, para que el Señor le ayude con su gracia a llevar tan gran peso, y se fortifique siempre más la unión de todos con Pedro, el Sumo Pontífice. Ubi Petrus, ibi Ecclesia: donde está Pedro, está la Iglesia.

Os decía que vuestro servicio a la Prelatura —a vuestras hermanas, a vuestros hermanos— está ordenado al servicio de la Iglesia: de cien almas, nos interesan las cien, decía nuestro Fundador. ¡Tened hambre de almas, para llevarlas al Señor! Y, para esto, hijos míos, bien sabemos todos que es necesario fomentar una auténtica vida interior, de oración y de mortificación constantes. Para conseguirla, hacen falta la gracia de Dios y la perseverante correspondencia a la gracia. Como se ha prolongado el Año Mariano en España —por lo menos—, constituís una nueva promoción, la cuarta, de sacerdotes del Opus Dei en este Año Mariano. Y esto constituirá un nuevo recordatorio, para que pongáis vuestro sacerdocio bajo la maternal protección de la Santísima Virgen. Ella os ayudará en esa lucha constante, para corresponder bien a las gracias de Su Hijo, para que seáis santos.
Doy las gracias de todo corazón a S. Eminencia el Cardenal Bernard Law, que hace el viaje a Europa para conferiros el sacerdocio: rezad mucho, toda la vida, por él y por el importantísimo servicio que presta no sólo a su diócesis de Boston, sino a la Iglesia universal. Yo rezo todos los días por él, y le envío un afectuoso abrazo.

Finalmente, os encarezco que recéis mucho por vuestro Ordinario, el Prelado del Opus Dei, y por sus Vicarios y por todos los Directores de la Obra; y ayudadme a dar gracias a Dios, porque se ha cumplido el deseo de nuestro Fundador de que la Santa Sede nos convirtiera, al erigirnos en Prelatura dirigida por un Prelado Ordinario, en una institución jerárquica de la Santa Iglesia, para servirla mejor.
A vuestras familias, mi más afectuosa felicitación: vuestra ordenación sacerdotal es una bendición de Dios, un gran honor que les concede, una caricia que les da.

A vosotros os envío con grandísimo cariño la bendición de nuestro Padre, con un abrazo muy fuerte. No dejéis de mandarme enseguida vuestra bendición sacerdotal.
Muy unido a vosotros, os bendice

vuestro Padre
Alvaro

Romana, Nº 7, Luglio-Dicembre 1988, pag. 294-296.