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Notizia bibliografica

Il Rev. Dott. Federico Delclaux ha scritto per la Agenzia internazionale di stampa ACEPRENSA, di Madrid, una recensione su "Forja", libro postumo di Mons. Josemaría Escrivá, recentemente pubblicato. Ne riportiamo il testo integralmente.

A lo largo de la historia han vivido hombres de tal personalidad que, al recordarlos, el espíritu se embebe de inmediato en el mundo que ellos crearon. Para comprobar este hecho es suficiente adentrarse en sí mismo y sentir cómo se dilata el alma cuando se pronuncian sus nombres, que suenan como campanadas: San Pablo, Velázquez, Shakespeare, Bach, San Agustín...

Se crea en lo más profundo un ambiente donde se halla el reposo de lo querido, la serenidad del reencuentro con lo bien conocido, y un silencio en el que se condensan los silencios de las horas pasadas con sus obras.

Como contrapunto, si se quiere hablar de ellos, se alza la limitación de las palabras, la brevedad de unos folios, la incertidumbre de elegir entre las múltiple ideas que sugieren.

Un gran corazón humano

Esa riqueza interior se experimenta al tener en las manos Forja, el último libro póstumo publicado de Mons. Escrivá de Balaguer. Nada más abrirlo, surge potente el recuerdo de la figura del autor: toda su alegría, su mirada cariñosa que traslucía un corazón tan humano y comprensivo, su actuar siempre como sacerdote de Dios, su intenso amor a Cristo, y por El a todos los hombres... ¿Cómo explicar aquel empuje y sosiego que emanaba su espíritu? Al estar junto a él, prendían en el alma deseos de mejora, más aún, ansias de santidad.

Pero no es necesario esforzarse por intentar describir tanta pujanza, ya que son millones de hombres y mujeres los que han leído sus libros Y en sus páginas han encontrado la cercanía del autor, que se ha hecho para ellos amigo, hermano, padre, que da el consejo necesario, el estímulo para seguir, la frase que aviva la esperanza. Para ratificar este aserto puede el lector rememorar la huella que dejaron en él los otros libros: Camino, Santo Rosario, Via Crucis, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, Surco... , y recordará cómo encierran un gran amor a Jesucristo y a las almas, ternura y fortaleza, comprensión hacia los pecadores y afán de desagravio, un vivo querer a la Iglesia, la valoración de las cosas pequeñas y ordinarias y, a la vez, una gran amplitud de miras.

Orfebre de almas

Comienza Forja con una página introductoria. Acude el autor a una escena bien natural: "Aquella madre —santamente apasionada, como todas las madres— a su hijo pequeño le llamaba: su príncipe, su rey, su tesoro, su sol". De inmediato prosigue: "Yo pensé en ti". Y deduce que el lector vale mucho más de lo que decía aquella madre; vale: "¡toda la Sangre de Cristo!"

Inmediatamente, la consecuencia: "¿Cómo no voy a tomar tu alma —oro puro— para meterla en forja, y trabajarla con el fuego y el martillo, hasta hacer de ese oro nativo una joya espléndida que ofrecer a mi Dios, a tu Dios?"

Mons. Escrivá de Balaguer quiere realizar en este libro lo que hizo a lo largo de toda su vida.

Lo propio suyo era, en primer lugar, saber que cada alma ha sido rescatada del pecado, según San Pedro, no con plata y oro, corruptibles, sino con la Sangre preciosa de Cristo (1 Pe 1, 18-19). Cuántas veces he visto, le he oído, he podido comprobar cómo valoraba un alma el Fundador del Opus Dei. Lo vivía y lo enseñaba de continuo. Explicaba que hay que ir hasta las mismas puertas del infierno —más allá no, porque no hay Amor de Dios— para salvar a un hombre. Cualquiera que se acercaba a él se sentía comprendido hasta lo más íntimo.

Una vez a su lado, te encendía con su querer a Cristo, te alentaba con grandes ideales, y cuando el espíritu estaba al rojo vivo, golpeaba amorosa y reciamente —con tal cuidado que jamás malhería—, para que fueses tomando la forma perfecta, te fueses asemejando a Cristo.

Precedida de su oración y mortificación, realizaba esa labor de artesanía, individual, apropiada para cada uno, consiguiendo siempre inculcar la alegría y la paz del Señor. Quien ha pasado cerca de su persona ha sentido un fuerte impulso espiritual y, a la vez, un agradecimiento amplio —que él no buscaba jamás— a ese instrumento de Dios. Lo mismo le ocurrirá al lector de Forja.
Escrito a golpe de vida
Forja es un conjunto de 1055 puntos; cada uno de ellos ha sido redactado con docilidad al Espíritu Santo, que actuaba —como en todo cristiano— en el alma en gracia del autor, y le avivaba la presencia de Dios ante cualquier suceso: una frase del Evangelio, una carta recibida, un acontecimiento de su intenso apostolado, una luz divina en su espíritu...

Quedó tan claramente reflejada esta acción del Paráclito en su obra porque Mons. Escrivá de Balaguer amó con fuerza y siempre al divino Espíritu y le rezó con constancia a lo largo de toda su vida. Como consecuencia lógica, fue dócil a las insinuaciones del Espíritu, que le comunicó claridades al entendimiento y reciedumbre a la voluntad.

En ocasiones, el Fundador del Opus Dei comenta —en tercera persona— experiencias personales. Una de ellas viene reseñada en el punto 923: "Siempre llevaba, como registro en los libros que le servían de lectura, una tira de papel con este lema, escrito en amplios y enérgicos caracteres: -Ure igne Sancti Spiritus!- —Se diría que, en lugar de escribir, grababa: ¡quema con el fuego del Espíritu Santo!

Esculpido en tu alma y encendido en tu boca y prendido en tus obras, cristiano, querría dejar yo ese fuego divino".

Ese deseo late vigorosamente en todas las páginas del libro, y a quien abre su interior con sencillez, durante la lectura le prende el divino fuego.

La libertad interior

Mons. Alvaro del Portillo, sucesor de Mons. Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei, presenta el libro. Aunque la cita sea extensa, pienso que es conveniente recogerla en estas páginas, porque el actual Prelado del Opus Dei da una visión muy medida del libro, que puede ayudar a formarse una idea precisa de esta obra. Dice así: "El nervio de Forja puede resumirse en esta afirmación: -La vida de Jesucristo, si le somos fieles, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno —en la santificación—, como en la conducta externa- (n. 418).

La configuración progresiva con Jesucristo, que constituye la esencia de la vida cristiana, se realiza de modo arcano por medio de los sacramentos (cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 7). Requiere, además, el esfuerzo de cada uno por corresponder a la gracia: conocer y amar al Señor, cultivar sus mismos sentimientos (cfr. Philip. II, 5), reproducir su vida en la conducta diaria, hasta poder exclamar con el Apóstol: vivo autem, iam non ego: vivit vero in me Christus (Galat. II, 20), no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Así nos concreta el programa —la santidad— que el Señor propone a todos, sin excepción de ningún tipo. -Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección- (n. 13).

Este itinerario interior de progresiva identificación con Cristo viene a ser la trama de Forja. Una trama que no constituye un molde rígido para la vida interior; nada más lejos de las intenciones de Mons. Escrivá, que tenía un respeto grandísimo por la libertad interior de cada persona. Porque, a fin de cuentas, cada alma sigue su propio camino, a impulsos del Espíritu Santo".

Deslumbramiento

Así titula el autor el primer capítulo: Deslumbramiento. Efectivamente, al mostrar cómo una persona descubre —y redescubre, con el paso del tiempo— la riqueza del Bautismo, el valor de la vocación cristiana, Mons. Escrivá de Balaguer habla en estas primeras páginas del "llenarse de pasmo", de "asombro", de "emoción interior", y como consecuencia, de "agradecimiento", de "hacimiento de gracias", y de "apostolado".

El autor comienza el libro trazando a grandes rasgos la grandeza de ser un cristiano que vive en medio del mundo, en el quehacer ordinario. "Cualquier trabajo, aun el más escondido, aun el más insignificante, ofrecido al Señor, ¡lleva la fuerza de la vida de Dios!" (n. 49).

Esa luz divina que deslumbra proviene de considerar nuestra relación con la Santísima Trinidad:
"—¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.

—¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.

—¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.

Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo" (n. 2).
También ilumina vivamente nuestra mirada el sabernos corredentores con Cristo; conocer el amor de Dios que nos dice familiarmente: "te he llamado por tu nombre" (nn. 7 y 12); considerar los dones que nuestro Padre Dios nos regala (cfr. n. 11); contemplar a Jesús que se da, "cada día, amoroso —¡loco!— en la Hostia Santísima" (n. 27)...

Tanta claridad divina produce en el alma, que se sabe poca cosa, un acto de humildad, y un agradecimiento al Señor. Estos dos efectos los explica el autor mediante un ejemplo gráfico: un pajarillo que es arrebatado por un águila a elevadas alturas. "Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!...

—¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol —Cristo— en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!" (n. 39).

Y también ese hallazgo deslumbrante ha de llevar a la generosidad de transmitir esa luz a todos los hombres:
"Como quiere el Maestro, tú has de ser —bien metido en este mundo, en el que nos toca vivir, y en todas las actividades de los hombres— sal y luz. —Luz, que ilumina las inteligencias y los corazones; sal, que da sabor y preserva de la corrupción" (n. 22).

Riqueza del caminar cristiano

Prosigue Forja, capítulo tras capítulo, considerando a lo vivo la aventura de la lucha por alcanzar la santidad: la acción de Dios y el esfuerzo de todo cristiano por responder a la gracia divina.

Un vivir sencillo y riquísimo.

¿Cómo explicar un arroyo, por ejemplo? Es imposible recoger sus reflejos y sombras, su discurrir sereno en ocasiones y a continuación precipitarse en breves cascadas, sus transparencias y, al poco, torbellinos que ocultan las piedras del fondo...

Pues así fluye el libro, lleno de vitalidad y de remansos.
Vida de amor pujante a Dios, a la Santa Iglesia, a los hombres, a los sacramentos, a la cultura, a la liturgia, a la visión veraz de la muerte, a la universalidad...

Y serenidad de oración, vida íntima con Dios, abandono en El, confidencias de amistad, descanso, esperanza, alegría, sinceridad...

Recoge Forja ansias humanas y divinas, porque "ser sobrenaturales supone ser muy humanos" (n. 290). Una multitud de aspectos del vivir cristiano que, como las piezas de un mosaico medieval, forman una maravillosa unidad: el misterio de Cristo y de su obra redentora. "Pidamos a Jesucristo que el fruto de su Redención crezca abundante en las almas: todavía más, más, ¡más abundante!, ¡divinamente abundante!

Y para esto, que nos haga buenos hijos de su Madre bendita" (n. 367).

La Virgen Santísima

Para recorrer ese camino que acaba en el abrazo divino, es necesaria la lucha y así vencer el pecado. Para conseguir la victoria, Mons. Escrivá de Balaguer —como hizo también siempre en su vida— nos conduce, una y otra vez, a nuestra Madre la Virgen.

"Dirígete a la Virgen, y pídele que te haga el regalo —prueba de su cariño por ti— de la contrición, de la compunción por tus pecados, y por los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, con dolor de Amor.

Y, con esa disposición, atrévete a añadir: Madre, Vida, Esperanza mía, condúceme con tu mano..., y si algo hay ahora en mí que desagrada a mi Padre-Dios, concédeme que lo vea y que, entre los dos, lo arranquemos.

Continúa sin miedo: ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen Santa María!, ruega por mí, para que, cumpliendo la amabilísima Voluntad de tu Hijo, sea digno de alcanzar y gozar las promesas de Nuestro Señor Jesús" (n. 161).

E insiste de nuevo en el último punto, con el que termina el libro: "-Sancta Maria, Stella maris- —Santa María, Estrella del mar, ¡condúcenos Tú!

—Clama así con reciedumbre, porque no hay tempestad que pueda hacer naufragar el Corazón Dulcísimo de la Virgen. Cuando veas venir la tempestad, si te metes en ese Refugio firme, que es María, no hay peligro de zozobra o de hundimiento" (n. 1055).


Federico Delclaux
ACEPRENSA

Romana, Nº 5, Luglio-Dicembre 1987, p. 244-248.