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Il giornale “ABC” di Madrid, in data 5 novembre 1994, ha pubblicato una intervista a Mons. Javier Echevarría, Prelato dell’Opus Dei, che riportiamo di seguito.

—¿Cuál fue su relación personal con el fundador de la Obra, el Beato Escrivá de Balaguer?

Le conocí en 1948 en Madrid, poco después de pedir mi admisión en el Opus Dei. Mi relación se hizo más directa a partir de 1950, cuando me trasladé a Roma. Como es natural, mi trato con el Fundador se intensificó al nombrarme secretario en 1952, y se hizo más continuo aún a partir de 1956, una vez designado Custos (literalmente, Custodio) de Mons. Escrivá de Balaguer, es decir, una de las dos personas —la otra era don Álvaro del Portillo— que residían siempre con quien hacía cabeza en el Opus Dei, para ayudarle en su vida espiritual, en el cuidado de su salud y en su trabajo cotidiano. Me correspondía especialmente lo relacionado con la organización externa y los aspectos materiales, tanto cuando estaba en Roma, como en sus viajes por todo el mundo. Para mí, fue una lección continua de amor de Dios, de empeño por cumplir su Voluntad, de entrega a la Iglesia y a las almas.

—¿Las críticas que algunos hacen al Opus Dei se deben a que esta institución es fiel al Evangelio, cuyo Fundador también fue criticado, o a que se separa del mismo? ¿Son todas injustificadas o pueden tener algo de razón?

Yo deseo aprender de todos. A la vez, no puedo olvidar el plebiscito popular de cariño al Fundador del Opus Dei que se plasmó en la Plaza de San Pedro los días 17 y 18 de mayo de 1992, con motivo de su beatificación. Lo esencial para un cristiano es, en definitiva, ser fiel a la vocación que ha recibido de Dios.
Me encanta, por otra parte, la realidad profundamente evangélica de la corrección fraterna: esa advertencia hecha con toda confianza al hermano, a solas, o delante de otros, o públicamente en la Iglesia (cfr. Mt 18, 15-17). El Fundador del Opus Dei aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede suceder a un alma es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía vivamente las correcciones. Le he visto aceptar, escuchar, acoger todas las sugerencias que provenían de personas rectas.

—¿Cómo está la situación del Opus Dei en este momento? ¿Cuántos sacerdotes componen la Prelatura, cuántos fieles, en qué naciones están, y cuántos sacerdotes se integran en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz?

Resulta difícil resumir en números la universalidad que Dios ha querido para el Opus Dei: los fieles —sacerdotes y laicos— de la Prelatura trabajan en los cinco continentes, con personas que desempeñan profesiones variadísimas y pertenecen a todas las clases sociales.
Pero comprendo que interesan los datos, y por eso se actualizan en el Anuario Pontificio. En 1993, en números redondos, la Prelatura tenía un total de 78.000 fieles (51% de hombres y 49% de mujeres): de ellos, casi 1500 eran sacerdotes, y el resto laicos. Por si es útil, se repartían así por el mundo: un millar en Africa; 4.000 en Asia y Oceanía; 27.000 en América; 46.000 en Europa.

—¿En qué naciones nuevas está implantándose la Obra? Aparte de España, ¿en cuáles es más numerosa?

Estos últimos meses hemos comenzado nuestro trabajo apostólico —con el establecimiento de Centros de la Prelatura— en Lituania, en Israel, en la India. Actualmente, otros países en que la labor de la Prelatura está más desarrollada son Italia, México, Argentina, Estados Unidos y Filipinas.

—El ímpetu de algunas asociaciones de fieles —Comunión y Liberación, Focolarinos, Neocatecumenales— y su éxito apostólico y de difusión, ¿cómo es visto en el Opus Dei? ¿Qué colaboración existe con estos grandes “movimientos”?

La colaboración más importante en la vida de la Iglesia, a todos los niveles —insisto—, es la admiración y respeto ante los carismas diversos, que llevan a alegrarse sinceramente por el apostolado de los demás y a pedir para todos —en el Opus Dei se lo oíamos repetir reiteradamente al Beato Josemaría— gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. Esto es perfectamente compatible con que cada uno procure centrarse en su propio camino, siempre —repito— de acuerdo con lo establecido por las legítimas autoridades eclesiásticas, porque pueden ser muy distintas las exigencias personales, y la capacidad de acción apostólica, en una asociación o en un movimiento, en una parroquia o una diócesis o una prelatura. A mí me da mucha alegría toda luz que se enciende en el nombre de Cristo por obra del Espíritu Santo, que está siempre muy activo en la Iglesia. ¡Con qué fuerza comentaba Mons. Escrivá de Balaguer: no apaguéis ninguna luz que se encienda en nombre de Dios!

—Ustedes son conocidos por su fidelidad al Santo Padre, pero ¿es una fidelidad al Papa o lo es a Juan Pablo II?

Con palabras diferentes y en circunstancias distintas, otros periodistas hicieron preguntas semejantes al Fundador del Opus Dei, durante el pontificado de Pablo VI. Las respuestas están recogidas en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, un libro aparecido en 1968 que continúa siendo muy útil para conocer a fondo en qué consiste y qué pretende el Opus Dei. Allí el Fundador alude a quienes alegan —con increíble ligereza— “que el Papa, cuando no habla ex cathedra, es un simple doctor privado sujeto al error. Ya supone una arrogancia desmesurada juzgar que el Papa se equivoca, y ellos no”. Y, aunque el Beato Josemaría no dejaba de dar razones abundantes y atractivas de su fidelidad al Romano Pontífice, concluía siempre con palabras parecidas a éstas: “prefiero limitarme a obedecer al Papa”.
He sido testigo del intenso dolor de nuestro Fundador ante la muerte de Pío XII y Juan XIII. Y aprendí a su lado a querer y rezar por el Papa que iba a venir, antes lógicamente de saber quién sería, desde el mismo día del fallecimiento de su antecesor. Don Álvaro del Portillo vivió ese mismo espíritu al morir Pablo VI y Juan Pablo I. Si no amásemos con toda el alma al Sucesor de Pedro, sin acepción de personas, sea quien sea —porque esta frase no es cláusula de estilo—, no seríamos hijos fieles del Padre común de todos los católicos.

—¿Cuáles son sus relaciones con los Obispos diocesanos, y con los sacerdotes y párrocos?

Dentro de una profunda y radical unidad, las relaciones son diversas, como corresponde a la variedad de situaciones humanas y eclesiales de los fieles de la Prelatura del Opus Dei. Se trata, siempre, de relaciones llenas de respeto, adhesión, sincero afecto y afán de colaborar, lógicamente, dentro de la misión confiada por la Santa Sede a la Prelatura.
Permítame que insista: el Opus Dei, en palabras de nuestro Fundador, siempre tira del carro en la misma dirección que los Obispos diocesanos. Por eso mismo, la mayor parte de los frutos de vida cristiana de la labor apostólica del Opus Dei queda en las diócesis.

—Los miembros de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz son sacerdotes diocesanos. Algunos de ellos tienen problemas a veces con sus compañeros de Presbiterio y aun con los mismos obispos. ¿A qué se debe esto?

En el mundo en que vivimos, tan complejo, parecen inevitables los conflictos, o al menos los roces. Lo expresaba castizamente Mons. Escrivá de Balaguer en Camino, 20: “no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta”. Pero, cuando hay sentido sobrenatural y caridad cristiana, esos roces acaban contribuyendo al propio mejoramiento y a afinar aún más en el servicio a la Iglesia. Lo importante es corregirnos, luchar contra los propios defectos, y comprender y perdonar los de los demás, sin agrandar los errores personales o las diferencias más o menos legítimas.
Refiero, por otra parte, lo que he visto y oído: muchos obispos de diferentes países y muchos sacerdotes de todo el mundo han agradecido a Mons. Escrivá de Balaguer y a Mons. del Portillo la caridad y la ayuda que recibían de sus hermanos los sacerdotes del presbiterio de la Prelatura y de los demás socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

—¿Qué aporta la pertenencia a la Sociedad de la Santa Cruz a un sacerdote que ya está en una vía de santidad y de unión con Dios por el hecho de estar ordenado?

Los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz reciben una ayuda espiritual y ascética, según el espíritu del Opus Dei, en su búsqueda de la santidad en el ejercicio del ministerio. La pertenencia a la Sociedad presupone la percepción de una vocación divina, que concreta la vocación cristiana y sacerdotal y que refuerza el sentido de la obediencia que todo sacerdote debe a su Obispo y de la fraternidad con sus hermanos en el presbiterio. Dentro de la búsqueda de la santidad propia de todo sacerdote, la pertenencia a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz representa una determinación, un modo específico entre las muchas posibilidades que se ofrecen a la libertad de que también los sacerdotes gozan.

—Usted ha concelebrado con el Papa en la Plaza de San Pedro, con motivo del reciente Encuentro Mundial del Santo Padre con las familias. ¿Qué objetivos pastorales se plantea el Opus Dei en relación con las personas casadas?

El Opus Dei encarece vivamente el ejemplo de los primeros cristianos, para que también hoy la familia sea cauce de santidad y de apostolado, de difusión del mensaje evangélico en medio del mundo. Por la fe católica, estamos convencidos de que, además, contribuimos así al progreso humano y a la verdadera felicidad de tantas gentes, a la paz y a la justicia en las naciones, al desvelo por los más débiles, todo esto como consecuencia de valorar la dignidad de cada persona. Vale la pena luchar por difundir estos ideales cristianos, frente a tantas consignas superficiales: cuando la existencia familiar se deteriora, se introduce en la convivencia humana un cáncer letal, que sólo se cura si la generosidad supera los egoísmos. Los cónyuges cristianos —entre ellos, miles de fieles de la Prelatura del Opus Dei—, promoverán, con el atractivo ejemplo de la perenne juventud de su enamoramiento, esa civilización del amor que tanto predicaba Pablo VI y que Juan Pablo II nos ha redescubierto con trazos bellísimos en su reciente Carta a las familias.

—¿Cómo está el proceso de canonización del Beato Escrivá?

Después de su beatificación, el 17 de mayo de 1992, han seguido llegando a la Postulación del Opus Dei noticias de curaciones que no parecen tener explicación natural. Se procura reunir todos los datos —lleva mucho tiempo—, hasta comprobar si esos favores están bien documentados, de modo que puedan instruirse algunos procesos y presentarse a la Congregación para las Causas de los Santos. Aunque evitamos retrasos innecesarios, no tenemos prisa, pues estamos persuadidos de que llegará a su tiempo, al paso de Dios.

—Se habla siempre de su “poder” y de su influencia no sólo en la Iglesia sino también en el mundo de las finanzas o de la política. ¿Es esto un bulo, una fábula sin consistencia o responde a alguna realidad?

Déjeme que le siga hablando con el corazón en la mano. Cuando el Señor llama a su presencia a algún fiel de la Prelatura —hombre o mujer—, experimento un dolor muy grande. Durante el pasado verano fallecieron varios fieles, en varios países. Todavía siento el zarpazo del dolor, aun amando la Voluntad de Dios. Quisiera referirme a dos españoles. A Vicente Martínez, Secretario de una asociación universitaria fundada en Madrid para facilitar la solidaridad con los más desfavorecidos, que falleció en Guatemala, al terminar un programa de promoción social en una zona pobrísima de Centroamérica. Y a Francesc Riocabo, que murió como consecuencia de un accidente cuando luchaba, como jefe de bomberos de Tarragona, contra los incendios forestales. Los dos vivieron una gran pasión de los miembros del Opus Dei, que nada tiene que ver con poderes e influencias mundanas: el espíritu de servicio, siempre con alegría y optimismo, cada uno desde el lugar que ocupa en la sociedad.
No hay, por tanto, ambición de poder en el Opus Dei, sino ambición de servicio.

Romana, Nº 19, Luglio-Dicembre 1994, p. 292-296.