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Omelia pronunciata nella celebrazione eucaristica per l’ordinazione sacerdotale di ventuno diaconi della Prelatura, il 5 settembre 1993, nel Santuario di Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad (Spagna).

1. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Jesucristo, el Maestro que obró milagros entre las gentes de Palestina, que nos amó apasionada e infinitamente, no quiere separarse de nosotros. Por eso, siempre que escuchamos, como hoy, esas palabras del evangelio, se nos llena de alegría el corazón. «Venid, aclamemos al Señor; entremos a su presencia dándole gracias». Con cuánta fuerza repetía el Beato Josemaría Escrivá: «Jesucristo vive, no es una persona que existió en tiempos pasados; vive y se ocupa de nosotros con todo el esplendor de su misericordia divina; tratémosle, amémosle, busquémosle cada día con más intensidad». Ante esta realidad, con la misma invitación del Salmo, y con el alma rebosante de gratitud, os exhorto a decir conmigo: ¡Gracias, Señor, por la fe que nos has concedido y por la infinita generosidad de todos tus beneficios! ¡Gracias por tu presencia constante entre nosotros, y porque nos impulsas a seguirte de cerca y a identificarnos contigo! ¡Gracias por la gran bendición que hoy derramas sobre la Iglesia, con la ordenación de estos nuevos sacerdotes!
Por el sacramento del Orden vais a convertiros, hijos, como ha escrito el Papa Juan Pablo II, en «imagen viva y trasparente de Cristo Sacerdote», que pondrá en vuestras manos «el inmenso tesoro de la Redención». Seréis ministros de la Palabra y de los Sacramentos, particularmente de la Eucaristía y la Penitencia. Meditadlo bien: el Espíritu Santo realizará a partir de hoy grandes prodigios con vuestra predicación, con vuestra dedicación generosa al ministerio de la Confesión y, sobre todo, con vuestro amor a la Santa Misa y al culto eucarístico ¡Qué honor, hijos de mi alma, y qué gran responsabilidad! Todo lo que atéis o desatéis en la tierra quedará atado o desatado en el Cielo, os repito con palabras del Evangelio que son, en cierto modo, una síntesis de la potestad espiritual que se os entrega.
Deseo recordaros también que, cuando Jesús, unido al Padre y en el Espíritu Santo, instituye el Sacramento del Sacerdocio, habla de la unión vital a la cepa. Es una indicación clara sobre la sumisión que sus ministros han de vivir con quien tiene la autoridad en la Iglesia. Hijos míos ordenandos, renovad el propósito firme, firme, de ser muy leales al Papa, de venerar a mis hermanos los obispos, de querer cada día más a vuestros hermanos sacerdotes. Es verdad que os ordenáis para servir a esta porción del pueblo de Dios, hombres y mujeres, que componen la Prelatura del Opus Dei, pero bien conocéis que nuestra vocación nos lleva a amar apasionadamente a la Esposa de Cristo, sintiendo a diario la solicitud por todas las iglesias, como predica San Pablo, el Apóstol de las gentes.

2. Llegáis al Presbiterado, hijos míos, en un año jubilar de la Prelatura, en el que conmemoramos el L Aniversario de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, fundada por nuestro Padre en Madrid el día 14 de febrero de 1943. El Opus Dei, cor unum et anima una, recorre estos meses en intensa acción de gracias, bajo el amparo materno de la Santísima Virgen y con la bendición del Beato Josemaría. Aquel día de 1943, por voluntad divina, comenzó a extenderse una larga cadena de alegre servicio sacerdotal, de la que vosotros sois desde hoy el eslabón mas reciente. Rezo —y conmigo rezan muchos millones de personas en el mundo— para que sea mayor cada día vuestro afán de santidad, vuestras ansias de corredimir. Y os pido a cuantos estáis aquí que os unáis a estos ruegos por los nuevos presbíteros y por todos los sacerdotes de la Iglesia.
Con la luz fundacional de 1943, unida inseparablemente a las anteriores de 1928 y 1930, modeló la Providencia de Dios un cauce amplísimo, por el que el Opus Dei extendía en todos los ambientes el mensaje de la llamada universal a la santidad. Y con ese espíritu, años más tarde, el Señor abría de par en par a los sacerdotes diocesanos las puertas del Opus Dei. Recemos a la Trinidad por los presbíteros del mundo entero, y supliquemos que crezca el numero de sacerdotes en todas las diócesis. Me conmueve pensar en la heroicidad de la respuesta del Beato Escrivá a las mociones divinas. Y me conmueve aún más su oración perseverante por todos los fieles de la Iglesia, para que, quienes nos sabemos hijos de Dios, hiciésemos de nuestras vidas, a lo largo de los tiempos, un holocausto en servicio a la Trinidad Beatísima y las almas: unos, con el sacerdocio ministerial; otros, con el sacerdocio real.
Son incontables y maravillosos los frutos que el Señor se ha dignado otorgar a la Iglesia durante estos cincuenta años, a través del ministerio de los sacerdotes de la Prelatura y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, siempre en comunión con sus hermanos y hermanas de la Obra. Nos consta que son frutos que produce el Señor; por eso a El va toda nuestra alabanza. Nosotros hemos sido sólo instrumentos. Pero no podemos pensar que sean ya suficientes. Los miembros del Opus Dei estamos llamados a desarrollar en el mundo un trabajo apostólico continuo, inagotable y apasionante, realizado con el espíritu de santidad que aprendimos de nuestro Fundador. Para nosotros, hijos, nunca será tiempo de descanso. Todos, en la Iglesia, tenemos la obligación suave y exigente de dar testimonio de nuestra vocación de cristianos.

3. Las circunstancias actuales nos llaman, además, a trabajar con fe y reciedumbre, audazmente y sin temores, en la nueva evangelización de la sociedad. Es hora de realizar una acción apostólica aún más incisiva y extensa, que lleve la luz de Cristo a todos los rincones del mundo, para llegar, como nos ha urgido el Beato Josemaría, hasta el último lugar donde se encuentre un alma a la que servir. «Urge un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de nuestro mundo. El reto es decisivo y no admite dilaciones ni esperas», nos señalaba a todos el Papa recientemente. Y añadía: «La Iglesia necesita apóstoles profundamente enraizados en Dios y conocedores, al mismo tiempo, del corazón del hombre, solidarios de sus alegrías y esperanzas, angustias y tristezas, anunciadores creíbles de propuestas de vida que sean capaces de dar un alma nueva a la sociedad».
Secundemos estos consejos del Vicario de Cristo: os animo a todos —y me animo a mí— a convertirlos en norma de conducta propia, en compromiso personal. ¡Hacedles eco en los oídos de vuestros parientes y amigos, de vuestros compañeros de trabajo, de todos cuantos se cruzan con vosotros en el camino de la vida!
Encomendemos ahora el viaje apostólico del Santo Padre en los países bálticos. Pidamos que la palabra del Papa produzca mucho fruto en nuestros hermanos en la fe y en las gentes de todas esas tierras, que tanto han sufrido.
Hijos míos sacerdotes, para llevar a la práctica esa honda tarea evangelizadora, siendo muy fieles a las enseñanzas del Romano Pontífice, y cooperadores diligentes de los obispos, habéis de luchar por ser almas de oración, debéis dedicar muchas horas al estudio y a profundizar y actualizar la doctrina, tenéis que agrandar el corazón para comprender a todos y compartir las necesidades espirituales y materiales de quienes os rodean. Sólo así podréis orientar prudentemente las conciencias cristianas de vuestros hermanos, comprometidos en hacer más justa y solidaria la convivencia social, superando tantas situaciones de soledad, de ignorancia, de indigencia, de clamorosas desigualdades. Y, lejos de todo protagonismo personal, seréis instrumentos de unidad y de concordia en un mundo desgarrado por los egoísmos individuales, los conflictos colectivos, el terrorismo inhumano, las guerras entre las naciones.

4 Quiero dirigir ahora un saludo muy especial y muy cariñoso a los parientes y amigos de los nuevos sacerdotes, y particularmente a sus padres y hermanos. Sé que participáis en los acontecimientos de este día con una profunda emoción y con el legítimo orgullo de haber recibido una gracia altísima en el seno de vuestra familia. Ocupáis un lugar de privilegio en el Corazón de Cristo Sacerdote y de su Madre Santísima, que os han bendecido en vuestros hijos y hermanos de manera singular. Rogad por ellos, a diario, para que sean como Dios los quiere, como la Iglesia y, por tanto, la Obra los necesitan: apostólicos, alegres, piadosos, abnegados. Encomendadlos con frecuencia al Beato Josemaría, para que en todo se asemejen más a él, jornada tras jornada. Y no os olvidéis de rogar también por mí y por mis intenciones, pues necesito el apoyo de vuestra oración.
Hijos míos ordenandos, adentrémonos en el rito de la ordenación. Por la misericordia de Dios, como Obispo consagrante en esta acción litúrgica, tendré la dicha de conferiros el Sacramento del Orden. Como Padre y Ordinario vuestro, que tanto os quiere, os pondré, además, por entero, en las manos purísimas de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, donde no os faltarán nunca esa alegría y esa paz que habéis de seguir llevando y sembrando —como buenos hijos de nuestro Padre— por todos los caminos de la tierra, ahora con vuestro ministerio sacerdotal.
También en las manos de nuestra Madre dejo a los que aquí nos encontramos, con la súplica de que nos proteja, nos guíe y nos mantenga siempre unidos a su Hijo: ¡Madre, que no nos separemos de El!; y que si, por desgracia, alguna vez nos separamos, sepamos volver a Jesucristo por tu intercesión. Así sea.

Romana, Nº 17, Luglio-Dicembre 1993, p. 228-231.