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Intervista al giornale "El Mercurio" (Santiago del Cile 6-V-92)

1. Monseñor, ¿cómo se siente usted personalmente de cara a la beatificación de su Fundador?
Estoy feliz, como miembro del Opus Dei y, antes, como católico. Lo estamos todos en el Opus Dei. Porque sabíamos con seguridad que nuestro Fundador al morir entró de inmediato en la gloria de Dios, pero ésa era sólo —por segura que fuese— nuestra mera opinión privada. Ahora será el juicio público y oficial de la Iglesia el que lo asegure, tras un minucioso proceso. Pero no es sólo por el Opus Dei que estamos felices. Es fundamentalmente por la Iglesia y por el mundo, porque en los altares brillará un nuevo ejemplo de vida santa, que tiene especial vigencia y actualidad para los grandes desafíos apostólicos del presente y del futuro. Ya me dijo Pablo VI, de feliz memoria, que Mons. Escrivá de Balaguer, desde su marcha al Cielo, era ya un tesoro que pertenecía a la Iglesia.

2. ¿Cómo se explica usted la gran difusión de la devoción privada a Mons. Escrivá en los cinco continentes? El nuestro está repleto de la famosa estampa.
Sí, anda por todas partes de mano en mano, de oración en oración. Es un hecho que va mucho más allá de las fronteras de la Prelatura misma. Y es un hecho que me atrevo a llamar sobrenatural, porque muchos, ante esa estampa, podrían encogerse de hombros. Y sin embargo, no: la reciben, la rezan, la difunden. Esto ocurre porque por intercesión de Mons. Escrivá han alcanzado del cielo muchísimos favores. Por eso difunden espontáneamente y por propia iniciativa su devoción. Así se propaga la estampa por el mundo entero.

3. Habiendo vivido más de 40 años junto a Mons. Escrivá, ¿cómo resumiría usted el recuerdo personal de su figura humana y espiritual?
Es un recuerdo conmovedor desde 1935 hasta 1975. Para ser breve, diría que sintetizó lo divino y lo humano del cristianismo —de la santidad— en una forma única y personalísima. Juntó en su persona los más altos vuelos de la oración contemplativa, de la caridad ardiente, con los dones humanos de la simpatía, de la sencillez desarmante, de la cordialidad, del buen humor a raudales. Y esto, con una férrea unidad de vida, con el poder de una síntesis indestructible.

4. ¿Podría usted plasmarnos en alguna anécdota esas características?
Recuerdo, por ejemplo, que en los años previos a la guerra civil española —años de mucha animadversión hacia la Iglesia—, iba él en un tranvía, cuando se le aproximó —desde el otro extremo— un obrero, seguramente anarquista, con su traje de faena embadurnado de yeso y pintura, y se refregó contra su sotana, dejándosela toda manchada. Mons. Escrivá no dijo una palabra, ni esbozó el menor gesto. Y, cuando iba a bajarse, fue él mismo al encuentro de aquel obrero, y lo abrazó hasta quedar más manchado aún, diciéndole algo así: Termine usted bien su trabajo, amigo mío, quédese a gusto. Luego descendió del tranvía tranquilamente, rezando por aquel hombre.

5. Usted acompañó a Mons. Escrivá en sus tres viajes por nuestra América Latina, en 1970, 1974 y 1975. ¿Qué impresión global guarda de esos viajes del Fundador?
Una impresión gratísima, como la que guardaba él. Mons. Escrivá sintió muy suyos esos países, los amó de un modo entrañable. Se asombró de sus maravillas, desde la naturaleza —la majestad de los Andes nevados, por ejemplo— hasta las costumbres. De ellas dijo que había aprendido mucho. Pero lo que más me impresiona es que, a pesar de sus precarias condiciones de salud, iba por todas partes, en jornadas agotadoras, desarrollando una energía apostólica tremenda, por amor a la Iglesia y a las almas. Cada noche terminaba exhausto. Era un cuerpo zarandeado por el espíritu, como escribí después de su muerte.

6. Hasta nuestros países han llegado ecos de la polémica, procedente sobre todo de Europa, en torno a la beatificación de Mons. Escrivá. ¿Por qué tanta controversia? ¿Era un personaje conflictivo?
Me atrevo a decir que esa polémica tiene, en el fondo, poco que ver con él, con su persona. Lo que molesta a algunos pocos es el hecho de que miles y miles de cristianos, dotados de una fe católica solidísima, se dediquen por entero a encarnarla en medio del mundo, en el corazón de las instituciones y de las estructuras sociales: a "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas", como decía nuestro Fundador. Él es un emblema personal de ese hecho inquietante para muchos. No era un hombre conflictivo, sino armonioso y amable, a la vez que enérgico. Muchos santos, en las huellas de Cristo, fueron para la sociedad de su tiempo —a la que traían grandes innovaciones— un "signo de contradicción", como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco. Así también Mons. Escrivá de Balaguer. Es el estigma de muchos grandes fundadores.

7. América Latina no es Europa, sin duda. En estos países del Sur, muchos de ellos con altos índices de miseria, lo que cierta gente se pregunta más bien es lo que hace o no el Opus Dei por los más pobres.
Al Opus Dei pertenecen por igual académicos y empresarios, empleados, obreros y campesinos. Y todos, desde su sitio, se empeñan ardorosamente en practicar la doctrina social de la Iglesia y en acudir al socorro de los más pobres. Cuando comienza la labor del Opus Dei en una región, esto se nota menos. Pero al cabo de los años florecen estupendas iniciativas, no sólo para ayudar a los más necesitados, sino para formarlos laboral y espiritualmente, de modo que ellos mismos se hagan protagonistas de su ascenso económico_social. Sólo así se rompe el llamado "círculo vicioso" de la extrema pobreza. Me atrevería a decir que, del mismo modo que el Opus Dei nació entre las oraciones y las ayudas de la gente de las barriadas más pobres de Madrid, ahora la labor de la Prelatura se desarrolla y consolida, en buena parte, por la oración y el sufrimiento de muchos hombres y mujeres de poblaciones periféricas, o de la sierra, o de los pueblos, que siguen siendo columna fundamental de nuestro apostolado.

8. Quizá una pregunta común a europeos y latinoamericanos es, si me la permite, la referente al "poder" del Opus Dei. ¿Son ustedes poderosos?
Para responderle, debo distinguir dos planos. Uno es el poder de la gracia: la omnipotencia misericordiosa del Padre, la eficacia redentora del Hijo, el poder transfigurador del Espíritu Santo. Otro es el poder de los hombres: el dinero, las armas, la política, las influencias. En la Prelatura se palpa a diario el primero de esos "poderes", porque con esa fuerza de Dios se ha hecho el Opus Dei, y por ahí Mons. Escrivá ha llegado a los altares. El otro poder de suyo no nos interesa, aunque, claro está, necesitamos el honrado pan nuestro de cada día, medios materiales honrados, porque no somos ángeles.

9. Proporcionalmente hablando, ¿son abundantes de modo especial las vocaciones al Opus Dei en América Latina?
La verdad es que, gracias a Dios, surgen vocaciones a la Obra en todo el mundo, también en países no cristianos, incluso paganos. Es una bendición de Dios, que le agradezco todos los días. En los países latinoamericanos el Señor nos manda abundantes vocaciones, y desde esos países se va ahora a evangelizar otras regiones del mundo más necesitadas de apóstoles: Iberoamérica es generosa.

10. ¿Qué se requiere para entrar a formar parte del Opus Dei?
Nada más y nada menos que una llamada divina. Y con la vocación, se necesita la respuesta libre, libérrima, del interesado. Quienes, por ser llamados y haber correspondido, se incorporan a la Prelatura, se entregan del todo a la fascinante tarea de santificarse en el trabajo, santificar el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, cada uno en su propio lugar.

11. ¿Puedo preguntarle cómo fue su propia vocación al Opus Dei? ¿Es usted el primer miembro que ingresó a la institución?
No, no soy el primero, ni soy de la "primera hora" del Opus Dei, que nuestro Fundador pasó prácticamente solo, con un heroico trabajo de apariencia estéril, en medio de grandes pruebas. Yo pedí la admisión en 1935, siete años después de la fundación. Primero compartí algunas actividades formativas de la Obra. Luego me decidí, en un lapso de apenas unas horas, tras una conversación personal con Mons. Escrivá —la segunda de mi vida— y haber oído su predicación al día siguiente. Después de esa doble e inolvidable experiencia espiritual, me quedó clarísima mi vocación. Debo añadir que eran tiempos especiales, de gracias "tumbativas". Hoy lo corriente es que pase un tiempo mucho mayor.

12. Hay quien habla de una especie de "coacción" ejercida sobre muchachos y muchachas jóvenes a la hora de "pescarlos" para el Opus Dei. ¿Qué hay de realidad en todo esto?
Nadie puede ligarse jurídicamente a la Prelatura antes de los dieciocho años. Y con un compromiso definitivo, sólo desde los veintitrés. A esa edad los jóvenes deciden muchas cosas importantes —su carrera o su oficio, su lugar de residencia, su noviazgo, su matrimonio— sin que a nadie le llame la atención. Además, en el Opus Dei exigimos severas condiciones —metas espirituales muy altas— al que quiere entrar. Y si no lo hace con una libertad soberana, no nos interesa que venga. ¿Para qué querríamos "pescados" contra su voluntad? Se irían a los pocos días. En cambio, la Obra tiene un alto índice de perseverancia hasta la muerte: señal inequívoca de libertad. Y es que queremos —Dios quiere— seres libres, que se le entreguen con plena voluntariedad.

13. ¿Es esta beatificación una especie de nueva aprobación eclesiástica de la Prelatura?
No exactamente. El Opus Dei ya tuvo antes todas las aprobaciones jurídicas que eran necesarias. Pero sin duda un camino de santidad, por aprobado que esté, se refuerza a los ojos de la Iglesia y del mundo cuando santifica a su propio portador, a su primer caminante. Como suelo decir en estos días con un adagio castellano, el movimiento se demuestra andando.

14. Finalmente, Monseñor, en vísperas de la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, ¿puedo pedirle que me cuente su último día de vida y su muerte misma?
Murió a mediodía. Aquella jornada, como todas las suyas, fue de intensa oración: la meditación a primera hora de la mañana, la Santa Misa, el rezo de la Liturgia de las Horas, y el Rosario en nuestro trayecto de Roma a Castelgandolfo. Allí, hablando a un grupo internacional de mujeres de la Prelatura, se sintió mal. Volvió a Roma sereno, callado, visiblemente metido en Dios. Al entrar a su lugar habitual de trabajo, se desplomó, cayendo muerto. Traspasados de dolor y sollozando, le besamos las manos y la frente. Murió como había querido y pedido al Señor: sin "dar la lata". Y murió trabajando, como correspondía a su carisma fundacional, el trabajo santificado.

Romana, Nº 14, Gennaio-Giugno 1992, p. 126-129.